Vivimos en un mundo globalizado. La velocidad de las comunicaciones y las nuevas tecnologías posibilitan seguir en tiempo real lo que ocurre en el mundo. La preocupación y el interés por la búsqueda de soluciones más humanizadas y responsables para resolver los conflictos es común a todas las sociedades, grupos humanos y personas individuales.
Vivimos en un mundo globalizado. La velocidad de las comunicaciones y las nuevas tecnologías posibilitan seguir en tiempo real lo que ocurre en el mundo. La preocupación y el interés por la búsqueda de soluciones más humanizadas y responsables para resolver los conflictos es común a todas las sociedades, grupos humanos y personas individuales.
El Siglo XX, sin ir más lejos, nos enfrentó a los efectos devastadores de las guerras. Y, no puede olvidarse, que la guerra ha sido una de las formas tradicionales de resolución de conflictos. Todas las personas formamos parte de grupos y organizaciones diversas. El éxito relacional exige aprender a comunicarnos, y ello supone autoconocimiento y un profundo respeto por todo lo que conlleva “ser-humanos”.
Desde las sociedades más primitivas, el intercambio de bienes (no sólo materiales), y servicios nos ha empujado a negociar, a conocer lo que nos aproxima y a distinguir lo que nos separa. De norte a sur, de oriente a occidente, vamos comprendiendo que, en toda relación, más allá de su complejidad o sencillez el conflicto, la separación, el desencuentro,... se revelan, a menudo, como grandes oportunidades para trabajar juntos en la confianza de que no alcanzar el acuerdo deseado no es sinónimo de fracaso.
El tiempo, la no interrupción del hilo de comunicación y la confianza en el proceso, nos ponen en el camino que nos conducirá, si no a la superación total del conflicto, seguro que a su transformación. Y, ahí, sí ganamos todos. Será sumar, y no restar. Y, sobre todo, nos habremos permitido dejar las puertas abiertas, facilitando y mejorando, en muchos casos, relaciones futuras.