Histórico de relatos - septiembre  2008

PALABRAS: abogado, defensa, justicia, estrés, síndrome

 

Relato ganador

Señoría
Mientras la dominatrix ajustaba firmemente las hebillas de la mordaza, él recapitulaba con aquella esfera roja asomándole por la boca sobre cómo afrontaría el abogado de la defensa su próximo caso. Atado de espaldas a su ama experimentó con gozo el tacto de la fusta sobre sus nalgas expuestas por la abertura en el cuero negro. Solo conocía de ella su perfume caro pues le tenía prohibido mirarla directamente. Cuando contabilizó cincuenta azotes, su particular sentido de la justicia optó por la pena de muerte solicitada por el fiscal. Luego recibió más y el síndrome del estrés se esfumó. Era una diosa. La sala enmudeció mientras el juez avanzaba con un pequeño cojín disimulado entre los expedientes. Ordenó subir al estrado a la acusada y entonces reconoció su olor. Durante un instante se miraron fijamente a los ojos. Luego, removiéndose incomodo en su asiento, su señoría ratificó la pena máxima.

Eduardo Morena Valdenebro
Madrid

 

Relatos seleccionados

Fui Libre
Le llaman estrés. Cuando yo fui abogado se llamaba terror. El único que en la Sala buscó la justicia fui yo, Claude Chauveau Lagarde, abogado de París y de la reina Maria Antonieta. La sentencia estaba predeterminada. Mi defensa fue quejarme reiteradamente ante un Tribunal que no respeto el derecho a un juicio justo. El acusador, Fouquier-Tinville, poseído por el síndrome “revolucionario”, envió a la guillotina a todo el que pusieron en sus manos, el también la padeció. Ponerse la toga en aquel juicio era arriesgar la libertad y la vida. Así me ocurrió a mí, cuando fui detenido en la Sala y encarcelado por defender con demasiada pasión a la acusada. Ésta perdió su vida, yo solo mi libertad. Lo verdaderamente revolucionario en aquel juicio era ejercer de abogado. Solo yo fui libre. El Presidente del Tribunal y el Fiscal estaban bajo los efectos del síndrome del terror.

Alfredo Lorenzo Bermúdez Fernández
Ourense

 

Su propia justicia
Montó en su coche y aceleró a la velocidad de su corazón, que tenía unas pulsaciones de vértigo. Una vez cogida la autopista, sin destino fijo, intentó calmarse y analizar la situación. Lo primero que pensó fue en llamar a un abogado y contarle todo a modo de confesión. Tal vez al plantear su defensa se podría tener en cuenta el período de estrés por el que estaba pasando; o quizás podría fingir algún síndrome de estos raros que ahora lo justifican todo. Miró por el espejo retrovisor. La carretera estaba vacía y él estaba solo. No quiso pensar más. Volvió a pisar el acelerador, esta vez a fondo. Agarró con fuerza el volante y cerrando los ojos ignoró la pronunciada curva. En décimas de segundo aplicó su propia justicia y su sangre se confundió con la de ella.

Ana Belén Hernando Bibiano
Guadarrama (Madrid)

 

¡Que fachas!
-¿Usted dice que es mi abogado?- preguntó Juan en un tono burlesco. -Me ha designado el Colegio de Abogados. Soy de Oficio.- respondió el letrado. -¿Qué defensa puedo esperar de usted con esa pinta? ¿De verdad es letrado? "Como está la justicia" pensó Juan. Llevaba más de 48 horas en una celda maloliente y nauseabunda, cuya única luz era un foco incrustado en un ventanuco en la parte más alta en una esquina de la pared. La luz mortecina le provocaba una situación de estrés y agobio. Encima le asignan un abogado con esas trazas, que más bien parece que tiene el síndrome de un cantante de boleros: ansiedad, angustia y desesperación. Para darse ánimos se decía así mismo: "no debo juzgarlo por la facha que trae, puede que sea un eminente jurista". Así sucedió. Un poco mas tarde, un policía abrió la celda: "Ya puede salir, está en libertad"

Antonio Capel Riera
Murcia

 

La toga
Un abogado forastero y novato como yo buscando el edificio nuevo de los Juzgados de Ávila, a cinco minutos de la vista. En Madrid tendría más lógica... Dicen que los buenos abogados hacen defensa de sus asuntos como propios y los sufren como ajenos, pero yo todavía me encontraba en la fase de sufrir todos los asuntos como propios y defenderlos como bien podía; lo peor es que a perro flaco todo son pulgas, y en este caso la pulga fue mi toga. Una toga que dejaba al descubierto mis antebrazos y que el cruel destino me puso encima al llegar con tal síndrome de estrés al Juzgado. Nunca sabré si la sorprendente técnica escénica de permanecer en el estrado como un portero de futbolín, sin sacar los brazos, tuvo algo que ver, pero la Justicia nos fue favorable... y sin manos, como dicen los chavales cuando van en bici.

Antonio Velasco Martín

 

La princesita y el piloto
Dame otro- me dijo Laura. Y le di otro beso. Ella no sabe que me dedico a la defensa de los malos, como su madre suele decirme. Laura nació hace 10 años con el síndrome de Down. Su madre es la Secretaria del Juzgado de Instrucción número 2. Le he invitado a salir, le he enviado flores y bombones, pero nada. No le gusto. A Laura sí. Laura sabe dibujar. Una vez le pedí que dibujara un abogado, pero no sabía lo que era. Dibújame a mí- le dije. Se echó a reír. Cuando terminó, yo era un piloto sobrevolando un desierto. Me lo regaló. No soy francés, ni me llamo Antoine, pero el dibujo que tengo en mi despacho me recuerda que, en el planeta de la princesita, el estrés está encerrado en el vientre de una boa y la justicia…bueno, ¿hay alguien que sepa dibujarla?

Arcadio Díaz Díaz
Las Palmas de Gran Canaria

 

LA VERDAD DESENMASCARADA
Podía sentir como todos los corazones de la sala latían excitados ante mi respuesta. El abogado de la defensa sonrío ante el jurado, sintiéndose victorioso tras su último estoque verbal. Luego clavó sus ojos en mí, mostrándome su confianza en la victoria, su sed de venganza. Su victoria sobre la justicia. Tragué saliva y respiré hondo para controlar el estrés. El síndrome de abstinencia se apoderaba de mí, necesitaba una copa. - Repito, ¿Tiene alguna coartada que lo alejé del lugar dónde se encontraron el arma y sus huellas? - Si. Esa noche estaba con su mujer, en el despacho en el que usted guarda su colección de armas. Faltaba una en la vitrina, pero eso usted ya lo sabe. La venganza puede ser dulce en ocasiones, pero casi siempre acaba traicionando a su ejecutor. Había ganado mi libertad y perdido un amor, ahora si que necesitaba una copa.

David Álvarez González
La Laguna (TENERIFE)

 

Días
Siete cuarenta y seis. Sonido. Aerosmith, Crazy. Ventana, sol, síndrome fotofobia vespertina. Suelo, mármol helado, pies descalzos. Ojos, espejo. Desastre, barba, ojeras. Agua, jabón, cuchilla, ducha, traje, reloj, corbata, pluma. Ojos, espejo. Abogado. Reloj. Estrés. Nevera, zumo, queso, zapatos, maletín, calle. Manos, bolsillo. ¡Móvil! Carrera, llave, puerta, mesa, puerta, ¿metro? Taxi. Goya, Colón, (Semáforo, Semáforo, Semáforo) Plaza Castilla. Uniforme. Tarjeta. Cajetines. Auto, recurso, providencia. Ocho cuarenta y cinco. Zapatos, tacones, ascensores. Sala de togas. Saludos. La de siempre. Procurador. Cliente. Manos. Confidencias. Conversación (tranquilo, vista previa, nada particular, paciencia). Un traje gris, ¿fiscal o parte?, acusación, defensa. Tanteo, baile de escaleras, ¿acuerdo? Más, menos, clientes, experiencia. Secretario, tarjeta, puerta abierta. ¿Acuerdo? Hoy no. Agosto, Juez suplente. Suspiro. Dos banquillos, dos voces. Justicia, Ley, razón, artículos, principios, analogía, eximentes, suplicos, protestas... Solo palabras. Silencio, decisión, aplazamiento. Fecha fijada, explicación, cliente, despedida. Las once treinta y nueve. Agenda, quince líneas, vida, palabras, días...

Eneko Delgado Valle
Madrid

 

¡Protesto!
¿Protesto? ¿Protesto? Pero tú, ¿quién te has creído que eres tú? El fiscal miraba orgulloso a su alrededor sabedor de su triunfo frente a todos. Pero no quería ganar, quería aplastar, quería demostrar que él era el mejor de todos los tiempos, quería demostrar quién era el mejor representante de la justicia sobre la tierra. Se levantó de su asiento y volvió a mirar al acusado. Vio sus lágrimas y sintió ese poder que da el triunfo. Pensó otra vez que le encantaba ser fiscal, nunca le gustó la defensa, defenderse es de débiles, y así consideraba a la figura del abogado. Con el triunfo en sus manos se sintió el hombre más poderoso del mundo. Al otro lado, el acusado lloraba desconsolado. No entendía, con sólo cuatro años, lo que un síndrome llamado estrés había hecho con su padre. El niño sólo entendía que no quería comer más espinacas.

Francisco Castillo Sánchez
Madrid

 

Postdata
Madrid, 24 de Enero de 1977. Querida Lucía: Ayer recibí tu carta. Me hizo muy feliz saber que al fin vendrás. Te extraño, y confió que esta vez puedas quedarte más tiempo. Quizás para siempre. En Madrid, la situación sigue convulsa. Se suceden las manifestaciones tras el asesinato de un joven estudiante. Y se temen más muertes. Algunos pretenden dinamitar el proceso democrático, aunque somos mayoría los que luchamos en defensa de la justicia y la libertad, renunciando a vivir eternamente bajo el síndrome del miedo. Mientras, se acercan los últimos exámenes y no puedo evitar sentir cierto estrés. Si todo va bien, pronto seré abogado. Además, desde hace unos meses, trabajo como pasante en un despacho laboralista. Cuando llegues, pásate primero por aquí, les he hablado mucho de tú y desean conocerte. Hasta entonces, seguiré soñando cada noche contigo. Posdata: La dirección del despacho es Atocha 55. Te quiero.

Agustín Martínez Valderrama
Gavá (Barcelona)

 

Dolor de conciencia
El espejo le devolvió la imagen del cansancio: una tez pálida y marchita, una frente surcada por profundas arrugas y bolsas amoratadas bajo los ojos. Pensó que treinta años de insomnio no habían cambiado sólo sus facciones. La falta de sueño provocada por el estrés era uno de los síntomas del síndrome que el abogado había bautizado como “dolor de conciencia”; sin embargo, aquel caso era distinto. Llevaba preparando la defensa de aquel pederasta durante más de una semana. Aunque las pruebas en su contra no eran concluyentes, él sabía que su cliente era culpable. Sus dolencias habituales aumentaron, pero las achacó al exceso de trabajo de aquellos días Entonces, mientras contemplaba su demacrado rostro, lo supo: no ganaría aquel juicio. Inmediatamente le invadió una sensación de calma y bienestar y pensó que, tras una vida dedicada a la abogacía, por fin comprendía qué era la justicia.

Javier González Días
Madrid

 

RUEDA DE RECONOCIMIENTO
Comenzó la rueda de reconocimiento. El imputado comparecía junto a cuatro amigos de similares características físicas, entre ellos, su jefe. “¿Sr. Minguez reconoce a alguien?”,- preguntó Su Señoría. Sí – contestó - al número uno y al número tres. Tome nota- le indicó el Juez al Secretario, y sin mediar palabra se marchó. El abogado de la defensa consiguió entrevistarse con el Magistrado puesto que el número tres era un vecino del testigo, que resultaba ser el jefe del inculpado. Su Señoría, con un claro síndrome de estrés post vacacional, indicó al Letrado que el testigo había reconocido a dos individuos en “la rueda” y que ambos serían imputados. Las caras del abogado y del jefe eran un poema. Finalmente, se solicitó una nueva declaración en el Juzgado para que el testigo indicara si reconocía a ambos por la realización de los hechos (matiz que omitió Su Señoría), lográndose hacer Justicia.

Javier Lozano Guíu
Zaragoza

 

Salvado por el Código Penal
Hacía un día espléndido. A pesar de ello, Alberto se encerró en su despacho para preparar la defensa que tenía entre manos. Estuvo varias horas trabajando hasta que el estrés le obligó a parar. Se consideraba un abogado responsable o quizá sólo era el síndrome del trabajo, pero necesitaba tomar el aire. Estaba anocheciendo y pasaba poca gente. Comenzó a caminar llevando el volumen del Código Penal en las manos. Apenas habría andado diez pasos cuando se cruzó con un muchacho; al llegar a su altura, sacó una navaja y la colocó en el costado de Alberto: ¡Dame todo lo que lleves! En un acto reflejo, Alberto agarró el Código Penal y levantó las manos como en las películas, dándole con tal fuerza en la cabeza que el joven delincuente quedó inconsciente tendido en el suelo: el peso de la justicia cayó sobre él.

Jesús Granja Antolín
A Coruña

 

El hospital
No entendía por que le ingresaban en aquel hospital ni por que el personal de enfermería vestía de negro. Las sirenas no dejaban de sonar. Olor nauseabundo. Su ánimo le provocó un síndrome que degeneró en un estado de estrés que obligaba a internarle contra su voluntad. No había quien saliera en su defensa para hacer justicia. Solamente veía un túnel largo y oscuro. Le atendió un médico que le escuchó como no había hecho nadie y con sus palabras le curó su enfermedad. El médico no llevaba bata blanca, y en su mesa tenía un cartel con su nombre, y debajo ponía: Abogado. Al salir de la consulta no había túnel ni batas negras ni hospital sino la luz que el médico le devolvió.

Joaquin Hergueta Gómez
Cáceres

 

El Síndrome
Su mujer lo denominaba el Síndrome Post-defensa, aunque no solo lo padecía en los juicios penales: llamaba al timbre, primero suavemente, luego con más insistencia. Cuando Mar abría la puerta lo encontraba con la mirada colgada del infinito, acariciando con las yemas de su mano derecha la placa dorada de la puerta "José María Solís. ABOGADO". Si las cosas habían ido mal, atravesaba el umbral balbuceando entrecortadamente frases que invariablemente hablaban de la Justicia. Si habían ido bien, esbozaba una sonrisa, murmuraba un saludo y se encaminaba hacia la salita en donde buscaba acomodo en su viejo sillón de cuero y trataba de relajarse. Poco a poco, el estrés que le había ido produciendo la Vista desde la noche anterior, se iba esfumando. Cuando, por fin, lograba dormirse, Mar entraba de puntillas en la estancia y le cubría con una manta de lana.

José María Solís Carpintero

 

¿ACUSACION O DEFENSA?
Pues claro que el Abogado iba estresado, como que acababa de llegar corriendo al Palacio de Justicia tras atravesar el odioso tráfico. Llevaba el síndrome del automovilista furiososo, su negra toga colgada de un brazo y la negra cartera en la otra mano. Observó en el directorio de la pared dónde estaba el Juzgado que buscaba para la Vista; segunda planta. Sustituía a un compañero en una emergencia y por el móvil casi sin cobertura no le había podido explicar apenas nada, con lo que iba a la cita con la justicia sin más conocimiento que el nombre del Juzgado y el del cliente. Cuando llegó a la sala de vistas, entró suavemente. Jueza, Secretaria y Fiscala estaban de entrejuicios, charlando amigablemente. Vió un individuo con cara de cliente que había y le preguntó "¿es usted denunciado o denunciante?" "Denunciado", respondió. "Pues allá vamos".

José Miguel Rubio Polo
Murcia

 

ABOGADO DE OFICIO
El abogado de la defensa padeció un súbito ataque de estrés. La sala parecía moverse y emborronarse hasta reducirse a una nube de vapor. Los intentos por respirar lo asfixiaban aun más, y en su pecho un tambor africano parecía querer salir danzando bajo la toga. -Es el síndrome del novato. Ése no aguanta en el turno de oficio un mes más, susurró la morena fiscal a su ayudante con una media sonrisa. Era caso ganado. - Señoría, el acusado dice que no desea saber de leyes, que la justicia vendrá por sí misma, si es que la hay en este mundo. Y que sólo hablará con usted. ¿Qué puedo argumentar?, casi imploró en un grito el novel jurista. El magistrado enarcó las cejas y preguntó al convicto: -¿Desea pasar muchos años en prisión? La fiscalía presenta testigos oculares del crimen… El acusado susurró gélido. -Que cometió mi hermano gemelo.

Luis Gutiérrez de Cabiedes Hidalgo de Caviedes
Madrid

 

Dilema
Aquel juez hizo un discreto aparte conmigo. Me preguntó: - Abogado, ¿prefiere que trate a su cliente con justicia o que aplique la ley? “Otro ropón con síndrome raro; ¡para no tener estrés!”, me dije. Pensé que estaba ante un fanático de juegos de lógica y dilemas de prisioneros. Podría tratarse, empero, de una disyuntiva falaz: el “pellizco o pinchazo” que, según la leyenda urbana, planteaban algunos delincuentes. - Mi defensa pretende que su señoría aplique justamente la Ley –argüí arteramente. - Lúcida respuesta, pero irreal, letrado –objetó buscando mi complicidad. ¿Quiere que aplique la Ley, como un manual de lavadoras? ¿No prefiere que haga justicia, antigua virtud, encarnada incluso en una mujer? Me resisto a ser un autómata limitándome a repetir las palabras de la Ley. La llegada del fiscal abortó mi réplica. Por la sentencia supe que aquel juez era un hombre justo y, al tiempo, de ley.

Manuel de la Peña Garrido
Madrid

 

“Iustitia”
Cada noche, su mejor terapia contra el estrés consistía en acomodarse en una butaca colocada entre nuestras camas y relatarnos historias. Nuestra preferida era ‘Iustitia’: una niña romana ciega que siempre llevaba consigo una espada y una balanza. Su falta de visión la hacía imparcial, su obsesión por lograr mantener en perfecto equilibrio los platos de su balanza la convirtió en una persona pertinaz en la defensa de la justicia, y era convincente en sus decisiones y acciones, motivado por la seguridad y fortaleza que le transmitía la espada. Hoy la encontré sentada sobre aquella butaca entre las camas. El síndrome de Alzheimer venció la batalla y se la llevó. Los relatos de ‘Iustitia’ calaron en nosotros. Ambos crecimos deseosos de “hacer primar lo justo sobre lo injusto”, y eso nos llevó a cursar con éxito la carrera de Derecho y a ejercer hoy, con pasión, la profesión de Abogados.

María Beuster Pérez
Molins de Rei (Barcelona)

 

EL ABOGADO
Ayer lo ví de lejos, caminaba con su caro traje y maletín, la simple visión me causó estrés, por la calle parece una persona normal hasta podría ser cariñosa. Respiro hondo… no hay justicia…aquella sala, habla mi defensa, la de mi mujer, silencios… nuestra intimidad al descubierto, nuestros fallos, mentiras, enfermedades, mi síndrome, nuestros hijos... todo sale, todos opinan, nuestras vidas resumidas en minutos y al final….pierdo a mis hijos, mi casa, mi vida… sigo andando, me giro… Sí, es el abogado de mi ya ex-mujer. Oigo un ruido, el corazón me late a mil, abro los ojos, veo el techo de mi habitación, doy media vuelta en la cama y allí esta mi mujer, me mira, sonríe y me dice con cariño: Buenos días te recuerdo que hoy te toca llevar a los niños al colegio antes de ir a tu despacho (de abogados, por cierto).

Nuria Lucia Ortiz Tornero
Los Barrios. Cádiz

 

Casado con la Justicia
Nadie le explicó las consecuencias de unir a su vida a la de un Abogado. A partir de la fecha en que dijo “Sí quiero”, sin saberlo pasaba a formar parte de un cajón de sastre en que compartiría espacio con fugaces idas y venidas, inoportunas llamadas, gestiones inaplazables... Se había casado con la Justicia; pero no la esbelta joven de ojos vendados y nivelada balanza, sino con una mustia anciana torpe en movimientos, que obliga a cuantos trabajan en su defensa a redoblar tiempo y esfuerzos para ocultar los síntomas de esta enfermedad. Le choca el estrés del reciente esposo con ese síndrome de anquilosamiento que padece su profesión. Sin embargo sabe, o tal vez intuye, que para ganar el pleito más largo y difícil de su carrera, no valdrán interrogatorios, peritos ni testigos, sino apelar una y otra vez a la madre de todas las ciencias.

Pablo Abuín Ratón
Lugo

 

Historia de un abogado
En un bucólico y blanco pueblo de la Sierra Mágina de Jaén, donde un serpenteante río separa dos peñas que antaño fueron sendos castillos medievales, vivió un abogado de figura estirada que no arrogante, semblante serio que no hostil, porte elegante que no pedante y trato afable que no vulgar. Un día, ante un grupo de amigos, expuso su particular síndrome de abstinencia, se confesó adicto a su trabajo, reconoció su dependencia y solicitó ayuda: suplicaba ser un hombre mediocre antes que un excelente abogado. Desde entonces, y con la ayuda de sus más cercanas relaciones consiguió anteponer su condición de especie a la de su profesión, superando su patología. Gracias a ello vivió sosegadamente su profesión sin estrés, lo que no le impidió ejercer sin complejo una defensa a ultranza de la justicia.

Pedro Antonio Herreros Rull
Jaén

 

Diógenes desatado
El abogado encargado de la defensa del hombre que había sido llevado ante la justicia por una extraña variación del síndrome de Diógenes que le obligaba a robar documentos en custodia, detectó en la mirada de su cliente la feroz avidez de posesión, el ansia incontrolable de arrancar de las manos del letrado el legajo en el que éste había redactado palabras durante meses para salvar al defendido de la cárcel. Dominado por el estrés, pues la certidumbre de lo que había de acontecer si no hacía algo por evitarlo era innegable, el abogado introdujo en su boca, uno a uno, cada uno de los documentos que con tanta paciencia había compilado y los tragó de golpe.

Rocío Stevenson Muñoz
Alcalá de Henares, Madrid

 

UNA DECISIÓN IMPORTANTE
Estaba sentado en un banco del parque. No quería recordar, aunque su mente vagaba por abismos infinitos de tristeza. Desde esa mañana no paraba de recordar aquel 11 de marzo, cuando unos delincuentes sesgaron la vida de 192 inocentes, entre los que se encontraban sus padres y tres de sus hermanos. Unos delincuentes a los que ahora como abogado tenía que prestar defensa. Esto le producía estrés, pues no quería que se hiciera justicia con ellos, sólo deseaba que se les castigara lo más duramente posible, lo que no le incluía a él, pensó. De pronto, la voz de su hermana Marta, con síndrome de dawn le devolvió a la realidad. –Roberto, ¿Por qué estás tan triste, es por ellos?- Entonces se dio cuenta de que Marta sólo le tenía a él, por eso, nunca podría traicionarla defendiendo a los asesinos de su familia.

Sonsoles Gutiérrez Rodríguez
Torrelavega. Cantabria

 

LA LLAMABA JUSTICIA
Luces diminutas, irisadas, lejanas, tintineaban a través de la fría y clara noche del estrecho. Donde ellos estaban sentados, en cambio, la noche era oscura y ahogaba sus almas en el estrés de un futuro, ciertamente, vacío. Ambos soñaban con llegar al otro lado al igual que el hermano mayor, Said. Sus corazones, sus caras bruñidas, sus ojos color del café, se abrazaban, calidamente, en la distancia. Said había conseguido el otro lado y luchaba por que todos estuviesen juntos, allí, con la ayuda de un abogado. Ese sería el mejor bálsamo, la mejor defensa contra el silencioso horizonte de sus vidas. Tal vez Said, en ese mismo momento, estaría también, al otro lado, mirándoles a través del olor del mar, del aire frío y acompañado por la mirada de reojo del síndrome, del estigma del extranjero o por la novia de sus sueños. Él la llamaba Justicia.

Abel Molina Iniesta
Terrassa

 

En conciencia
Aún recuerdo con añoranza aquellos primeros momentos en la Facultad cuando, fascinado por el derroche de conocimientos de aquel profesor de Historia del Derecho empecé a soñar con ser un buen abogado, de los de toga en pecho y maletín a cuestas. La defensa de la igualdad, la libertad y la justicia serían mi guía en un camino que no se atisbaba nada fácil. Al comenzar la profesión, el caluroso olor a madera de mi pequeño escritorio fue sustituido por una fría y amplia mesa, la luz amarilla y tenue de mi pequeño flexo por el impío blanco de un tubo, y la grata calma del estudio solitario por el estrés diario de los tejemanejes de la profesión. Pero aún así, ya sea por el síndrome de Estocolmo o por la magia encantadora de esta profesión, lo cierto es que resulta bien difícil rehuir de ella. Mientras podamos dormir tranquilos.

Adrián Boix Cortés
Burjasot (Valencia)

 

SIN TRATAMIENTO
Dicen que mi última intervención en sala fue brillante, que la defensa de mi cliente cautivó hasta al señor juez quien me felicitó públicamente pese a que testigos y público aún no la habían desalojado. Dicen que acto seguido me dirigí al Colegio y me di de baja. Suponen que no tenía verdadera vocación y que el estrés me empujó a dejar la profesión. Suponen que volveré a ejercer, aunque son ya cinco los años que llevo alejado de los juzgados. Dicen, suponen ... Para explicar lo que realmente sucedió me remito a lo que refleja mi parte médico: “Abogado que ingresa con evidentes síntomas de sufrir síndrome de abstinencia consecuencia de la suspensión brusca, por no decir eliminación total, de la dosis habitual de sustancia de la que tenía absoluta dependencia: JUSTICIA”. Por el momento no hay tratamiento. Ahora me dedico a escribir micro relatos.

Amor Lago Menéndez
Valladolid

 

El señor Estrés
Una mañana de agosto el señor Estrés se levantó, en una habitación con vistas al mar, irascible, aquejado de neuralgia y con una añoranza excesiva por el ritmo frenético de los meses anteriores. Todavía en pijama, llamó a su abogado con la pretensión de denunciar al causante de aquellas dolencias. El letrado, tras consultar la jurisprudencia pertinente, le comunicó que padecía síndrome prevacacional y que en su defensa podía presentarse una demanda contra su empresa y otra contra la agencia de viajes por descortesía, intromisión en la intimidad y homicidio frustrado. Sin embargo, le advirtió que su escrito tenía pocas posibilidades de prosperar y que lo que realmente le aconsejaba era que disfrutase del rumor azul del oleaje, del blanco lejano de una noche estrellada, del rojo burdeos de una copa de vino..., pues, al llegar septiembre, sin acudir a la justicia, recuperaría sus niveles habituales de ansiedad y nerviosismo.

Ángel Ortin Pascual
Zaragoza

 

Por beber demasiado
Aquel día había llegado. Creía que si había justicia conseguiría escapar del castigo. No entendía como yo, un experto abogado en libertades individuales, podía hallarme en aquella situación. Miradas de tristeza por parte de amigos se mezclaban con miradas inquisitoriales que me llegaban al fondo del alma. El estrés, la ansiedad y el miedo se apoderaban de mí al tiempo que maldecía lo que el alcohol me había llevado a hacer un año antes. No había vuelto a beber y cada vez que sentía el síndrome de abstinencia me golpeaba la cabeza contra la pared. Esperaba que alguien en el último momento saliera en mi defensa pero todos me habían abandonado. Y, resignado a mi pena, observé la cara de aquel hombre que con mirada impaciente me repetía una y otra vez: -Vamos a ver, hijo mío, ¿quieres tomar por esposa a esta mujer sí o no?

Antonio Gil Fons
Valencia

 


“Yo no la maté, señor abogado, ¡tiene que creerme!” – decía Antonio llorando. Don Ginés le conocía hace sólo unos meses, pero sentía compasión por él, porque sabía lo que le esperaba. “Tres disparos a bocajarro” – dijeron. ¡PUM, PUM, PUM! Los casquillos coincidían con su escopeta de caza. Por su parte, los forenses dictaminaron que era un empresario bajo mucho estrés, y que padecía un síndrome ansioso depresivo. Pero él seguía jurando su inocencia como su mejor defensa, aún cuando escuchó “…debemos condenar y condenamos a Antonio…”. Don Ginés, a pesar de todo, seguiría creyendo en la Justicia, pero también creyó a Antonio, al ver la tímida sonrisa de Fermín, el mejor amigo de éste, cuando el Jurado dio su veredicto. Ahora sabe a ciencia cierta que el crimen perfecto existe: es aquel crimen que se le atribuye a otro.

Cristina Lorenzo Pérez
Valladolid

 

EL SÍNDROME CHAMPIONS
Aquel era un jueves negro para el juez, como todos aquellos días que sucedían a un resultado nefasto de su equipo. Era el síndrome Champions. Esos días, su estado de ánimo condicionaba sus veredictos. Seguía ausente la evolución de la vista y sólo le intrigaba la identidad de aquel tosco abogado que no cesaba de arrugar papeles presa de su estrés. El juez no reparaba en su discurso sino en sus movimientos, y por un momento quedó hipnotizado con el volar de la pequeña esfera blanca que acababa de formar. En un momento dado el abogado perdió el control de la misma; la intentó recuperar con un toque sutil de rodilla para elevarla de espuela sin éxito. El juez sonrío malévolamente. En su mente seguía grabada aquella jugada en la que el defensa regaló aquella final. Había llegado la hora de la justicia, eso sí, colateral.

David Arturo Serrano Rodríguez
Guadarrama (Madrid)

 

Culpa y circunstancia
"Abogado, aunque pueda parecer sorprendente lo que refiere el atestado, todo tiene su explicación y defensa. Jamás tuve intención de robar aquel elefante rosa: fue él quién me pidió que lo liberara de la prisión de aquel bar, y que, como si fuéramos unas Thelma y Louise, rompiéramos el yugo de una vida anodina. La belleza de la libertad, o el estrés de la fuga nos causó una embriaguez que achaco a algo parecido al síndrome de Sthendal. Perder el control del coche y perder de vista a Thelma fue todo uno, y aunque la guardia civil observaba mi habla balbuceante y mis ojos enrojecidos como rastros inequívocos de una ingesta masiva de alcohol, eran sólo la pena de haber perdido la oportunidad de cambiar de vida. Búsquela, abogado. Dígale que me espere, como me prometió en el coche, que yo iré a buscarla. Puede que incluso nos casemos"

Diego Rios Padrón
Málaga

 

RETRATO
Trabaja mucho, bebe o va muy acelerado, se jacta de su vida sexual, mira de reojo a las mujeres, la suya camina con los ojos bajos. Dice de su madre que era una santa porque su padre le dio mala vida. Saca el cinturón con los hijos, necesitan orden. Vigila con quien habla ella porque la engatusan. Amenaza con prender fuego a la casa. Tiene defensa para todo. Alguna vez la acompañó al ambulatorio y jura ante la justicia que no volverá a pasar. No grita, alza la voz. No va a las entrevistas del colegio, ya va la madre. Nunca está contento, tiene estrés. No acude al abogado para separarse, ella en el fondo le necesita. No sabe que es un síndrome ni hace terapias, no le solucionarán los problemas. No puede ir al entierro de su mujer, está en el hospital por torpe en quitarse la vida.

Elena Galán Sagalés
Barcelona

 

La señal
La ducha del vecino la desveló. En apenas unos minutos se vería inmersa en la cotidianeidad. Una visita al baño, y sin apenas atusarse, directa a la cocina. Cafetera, zumo, despertar a los niños, recoger ropas y preparar lavadora, ese sería su inmediato quehacer. Una dinámica que a ella no le causaba el estrés, ni el síndrome que oía a otras vecinas. Bebía a sorbos mirando al santo del calendario de bolsillo que tenía colocado en una repisa. No es que fuera muy piadosa pero solo a él se dirigía solicitando una justicia divina que no llegaba. Un fugaz pero vivo dolor rompió ese reducto al que le llevaba su ritual matutino. Se palpó el labio y comprobó que ahí estaba la herida que horas antes su débil defensa no pudo impedir. Fue hacia el teléfono. Y si, esta vez llamaría a un abogado.

Enrique Bermejo Morate
Valladolid

 

Machacon, Abogados
Machacón, abogado cuarentón, con mucho “calentón” por tanto ejercicio de la profesión, casado, agotado, demacrado; con experiencia, luchador por la defensa de sus clientes, amante de esto tan falto en nuestros tiempos, …. la buena justicia, que no sin dejar de serlo brilla por ser una pesadilla, lenta, taciturna, desfasada, anticuada y por todo ello no está lleno de estrés; sino más bien con síndrome de post parto, por qué, tanta parida en la vida que le deja sin aliento y muchas veces hasta sin comida, pasillos, esperas, denuncias, querellas, actuaciones urgentes, …. más pasillos !!!, para que sirve tanta carrera?? Para chupar pasillos, o para estar en la desespera de la espera?? La ilusión nunca perderá y abogado será y sin desaliento seguirá, luchará y trabajará por una mejor expectativa de juzgado-pasillo, que a lo mejor le desesperará pero nunca le agotará. Machacón, abogados.

Enrique Bonavida Sorolla
Tortosa

 

Recuerdos
Tengo sesenta y cinco años. Muy lejos quedan ahora los cinco años en la facultad de derecho. Lejanos quedan también los treinta años en que ejercí como abogado. Parece que ha pasado una eternidad. Treinta años encabezando la defensa de los derechos de mis clientes. Treinta años llegando a casa cuando los niños ya se habían acostado. Treinta años dedicados a buscar justicia. Treinta años conviviendo con un insoportable estrés. Treinta años viviendo de mi profesión. Treinta años viviendo por y para mi profesión. Pensarán que en esos treinta años viví secuestrado, cautivo de un trabajo que absorbía mi vida, recluido por juzgados, clientes y sentencias. Pero ahora que el “secuestro” ha terminado, este pobre viejo, como afectado por el síndrome de Estocolmo, añora a su secuestrador.

Eugenio Vázquez Gutiérrez
El Molar (Madrid)

 


Recuerdo cómo mi madre me prohibía ver la tele a partir de las nueve de la noche. Sin embargo, yo formaba parte de ese porcentaje rebelde que desobedecía las órdenes de sus progenitores y se colocaba delante de un viejo televisor Elbe para saborear la mítica "Perry Mason". Un abogado empeñado en defensa de la verdad, en que se hiciera justicia, costara lo que costara. Los años pasaron y decidí sufrir el estrés diario de lidiar con funcionarios, clientes y demás familia en un modesto despacho. El síndrome de las series americanas, esto es, creer a pies juntillas que un paseo firme y decidido por los estrados delante del juez es clave para ganar un caso, dio paso a un terrible desengaño. No me podía levantar, y lo que es peor, apenas se me dejaba exponer las conclusiones que mi amigo Perry tanto me inspiró. ¡Maldita televisión!.

Eva de Andrés Lucas
Madrid

 


Macareno Grande, era abogado de ideales. Y afortunadamente trabajaba en un despacho donde sus compañeros eran profesionales con un sólido prestigio de buen hacer, honestidad y defensa de su clientela. No eran millonarios, pero tampoco mendicantes. Al cabo de diez años, ya imbuido de la sólida imagen de su bufete, y conocido entre los colegas, notó angustia y desasosiego, pensó que, sopesando las decisiones judiciales que cayeron en sus manos había un porcentaje de dejadez, injusticia e irresponsabilidad que asustaba. Que determinados compañeros eran aún peores que aquellas. Resolvió que era estrés. La crisis de los diez años. Y continuó. En los años siguientes Macareno halló la solución. No era él el problema. Era el síndrome de pigricia judicial y los abogados rábulas los que olvidaban la idea de justicia. Ahora trabaja de mecánico en un taller de bicicletas y cultiva un huerto en un pequeño pueblo castellano. Es feliz.

Faustino Álvarez Pérez-Manso
Oviedo

 

Cuento Iusnaturalista
-¿Abogado, verdad? -Preguntó Dios mirándole a los ojos-. - Sí -respondió atemorizado-, ¿cómo lo has sabido? - Recuerda que soy Dios, alguna ventaja debía tener… ¿no? –sonrió mientras le contestaba-. Además tienes todos los síntomas del estrés propio del “Síndrome del abogado”. - ¿El síndrome de qué? - Del abogado - Y, ¿tanto se nota? - Desgraciadamente sí. ¿Has reflexionado sobre cómo has construido tu defensa? - Sí. He repasado mi vida y la he comparado con las leyes a las que debía haber ajustado mi conducta. - Estás rodeado de papeles escritos por hombres para dirigir, justificar o condenar a otros hombres. Ciegos guiando a ciegos. ¿Y la justicia? - Pero, Dios –y perdona el trato- ¿quién sabe qué es la justicia? - ¿Tu corazón, quizá? Comienza de nuevo. Sé que tú puedes -Contestó mientras hacía desaparecer todos los papeles en los que se apoyaba el reo-.

Fernando Sánchez Salinero
Ourense

 

INCAPACIDAD SOBREVENIDA
El estrés altera la percepción y las sensaciones, hasta el punto de no poder controlar los instintos más básicos de un hombre. En pié frente al micrófono de la Sala de Vistas, incapaz de contestar pregunta alguna, el acusado no tenía defensa que esgrimir ante la inesperada reacción fisiológica que había despertado en él su visión íntima de la joven Fiscal. Sensual y atractiva, el acusado no podía extraer de su mente la imagen desnuda de la hermosa letrada, únicamente provista de la elegante toga de raso que en lenta caída resbalaba de sus delgados hombros y, deslizándose por su cuerpo, dejaba al descubierto la sensualidad de sus hermosas curvas. Curioso síndrome que ya habían detectado el tribunal, su abogado, y la mayoría de los miembros del jurado, según reflejaban sus risueños semblantes, y que sin duda habría de afectarles a la hora de impartir justicia en aquel caso…

Germán Giménez Imirizaldu
Sabadell (Barcelona)

 

EN LEGÍTIMA DEFENSA
Ella caminaba con sus temblorosas manos enfundadas en los bolsillos de su gabardina. Sus tacones marcaban las mojadas calles con un ritmo nocturno y uniforme. Cualquiera que se cruzase con esta abogado/a de desencantada, dura y felina mirada, hubiera percibido belleza, riesgo y problemas. Hacía meses que el estrés se había apoderado de Eva. Había naufragado en un juicio de esos que nunca debes perder. Y aquel cliente padecía, desafortunadamente, un síndrome agudo de falta de ética. Inmersa en sus pensamientos, ignoraba que otros pasos acechaban en las húmedas aceras. Por instinto, su mano se cerró sobre el revólver calibre veintidós que acariciaba en el bolsillo derecho de su impermeable. Sólo tuvo tiempo de ver el cañón de una pistola aproximándose a su entrecejo. ¿Existe la justicia? Un instante después, los incansables neones iluminaban el inmóvil rostro de Eva. ¡Qué lástima! De haber disparado primero, podría haber alegado legítima defensa.

Gonzalo-Javier Gonzalvo Bueno
Zaragoza

 

Por amor
Desde que me enamoré de ese abogado ya no soy la misma. Golpeo a los ancianos que se me cuelan en la tienda, lanzo a mi perro contra las pantorrillas de los niños y hasta he atracado una mercería. Todo para llamar su atención. Para que él actúe en mi defensa. “Un síndrome claro de estrés y encoñamiento”, me ha dicho el psicólogo. Ha sido oír esas palabras y algo se me ha revuelto en el estómago. “¡No es cierto!”, me he puesto en pie de un salto. He cogido el bolso y he extraído un cuchillo. “¡Te voy a desollar maldito mentiroso!”, le he amenazado. “Señorita, por favor. La justicia no va a librarle de ésta”, trataba de disuadirme. Qué sabrá él de mi vida. A quién le importa ya ese picapleitos. Esta misma mañana me he enamorado de un taxidermista.

Isabel González González
Madrid

 

Amigas
Señor abogado, confieso creer ciegamente en la justicia, en mi defensa le digo que es verdad, mis huellas están por toda la casa, en los frascos de sales con olor a limón, en las cerillas apagadas, yo no fumo, eran para encender las velas del borde del jacuzzi, estuve probándome el vestido rojo de Valentino, me queda mejor que a ella, lo testifica el espejo del vestidor con síndrome de madrastra de Blancanieves, también reconozco que descorche una botella de champagne acompañada de una lata de caviar beluga, se tiraron sobre mí al abrir las puertas de un frigorífico, casi tan grande como el armario de mi dormitorio, pero que yo trajinara con su marido en el mismo puerto donde la arrojaron al mar es puta casualidad. Me confió las llaves de su casa, tenía que cuidarles las paupérrimas macetas, mientras ella sacudía su estrés en un crucero por Grecia.

Isabel Rodríguez Madrid
Córdoba

 

REFLEXIONO
Reflexiono mientras discuten una hija y una madre. Soy abogado, no puedo evitar sonreír ante una situación así. La pequeña exponiendo su defensa, la mujer hace de juez. Ha llegado tarde a su casa pero no se deja llevar por el estrés, afronta la situación con total tranquilidad, sin prisas. Su alegato es firme, no duda, argumenta. Cree en la justicia y en que ésta se resolverá a su favor, aún cuando sabe que la situación no le es favorable. La presión va en aumento. No se rinde, busca y rebusca, sabe que en alguna parte está su salida, su argumento definitivo. En ocasiones casi lo alcanza y por centímetros se le escapa, pero no parará. No hasta conseguir el veredicto deseado, la absolución absoluta, porque tiene el síndrome de la justicia que tanto conozco, porque es como yo, porque soy su padre.

Ismael Martínez Pérez
A Coruña

 

PARADOJA
Aun hoy, cinco años después, era capaz de recitar al Tribunal con escrupulosa claridad todos los pormenores de su vivencia. Aquel cuarto húmedo y lúgubre, el penetrante olor de una fabrica de maderas cercana, las interminables horas de espera con la única compañía de un pequeño póster de una bahía cuya ubicación jamás llego a identificar… Sin embargo, también recordaba aquellas vitales charlas con sus secuestradores. Familia, política, amor, baloncesto…Eran su único nexo con la cordura y servían para conocer los profundos motivos que habían llevado a esos hombres a realizar su atroz cometido. El veredicto fue implacable. Ni siquiera la brillante actuación del abogado de la defensa logró atemperar sus consecuencias. ¿Síndrome de Estocolmo? ¿Auto culpabilidad? Su atribulada mente todavía no era capaz de comprender el estrés que le provocaba aquella situación. La única justicia posible no era otra que la de su propio perdón.

Iván Sanz Moreno
Valladolid

 

Diestro y Siniestro
Esta es la historia de dos hermanos siameses, irremediablemente unidos por el costado. Diestro, el hermano bueno, ocupa la parte derecha del cuerpo doble. Siniestro, de perversa índole moral, la parte izquierda. Movido siempre por impulsos malévolos, Siniestro cometió desde niño múltiples fechorías, llegando a convertirse con el tiempo en un delincuente de renombre. Por su parte, Diestro no tuvo otro remedio que hacerse abogado, a fin de atenuar los problemas de su pérfido hermano con la justicia y garantizarle en todo momento una defensa consistente. La destreza como letrado que Diestro desplegaba ante los tribunales pronto le otorgó fama mundial. Por difícil que fuera el caso, todo delito fraterno quedaba finalmente impune. Hasta que un mal día, Siniestro intentó estrangular a Diestro con su único brazo, movido por la envidia. “Síndrome agudo de estrés”, alegó Diestro en el juicio. De nada sirvió. Actualmente comparten celda.

Javier Puche
Málaga

 

Sin arrepentimiento
Sabía que el abogado de la víctima sólo pedía justicia y que él defendía lo injusto. Sin embargo, amparándose en las justificaciones de siempre -la verdad es relativa, solía decir-, defendió el asunto con brillantez, empleando los efectivos argumentos de tantas otras veces: “Se encontraba bajo el síndrome de abstinencia. El estrés lo superó. No era dueño de sus actos”. En su despacho, con la sentencia en la mano, intentaba ahora transmitir a su defendido el éxito conseguido. Sin embargo, no era capaz de articular palabra. Su propio cliente le apuntaba con una pistola a la cabeza. Con la mirada fija en el cañón empezaba a pensar que asesinos como aquél, a los que tantas veces había defendido, no debían quedar libres; empezaba a pensar que quizá había estado equivocado toda su carrera. Cuando después de tantos años quería cambiar, la bala se llevó silbando la oportunidad de arrepentirse.

Jon Aldecoa Viña
Sevilla

 


Había prometido a mi madre atenderlo siempre --para mí eso era sagrado--, pero cuando se presentaba en la oficina volvía la incomoda situación de estrés. Y allí estaba otra vez con sus canosas patillas, el traje gris con varios zurcidos y la carpeta llena de inútiles papeles desordenados hablando con las perplejas auxiliares, llenándose de aire para reclamar justicia. Él, en su mundo, creía acudir al mejor abogado de la ciudad: no imaginaba otra explicación a un bufete tan amplio, con tanto personal trabajando y una numerosa clientela entrando y saliendo de las salas de firmas. Leí una vez en una revista de psiquiatría el nombre del síndrome que padecía aquel anciano. Hoy de nuevo me encontraba ante el dilema de fingir aceptar la defensa de otro asunto inverosímil, que acabaría llevando un abogado amigo, o contarle inhumanamente, rompiendo mi promesa, que yo realmente no era letrado, sino notario.

José Aurelio Ruiz Tolosa
Alicante

 

Pastillas para no-soñar
En defensa del abogado y de la justicia y de nuestra lucha diaria contra el síndrome del estrés propongo que inventemos entre todos un poema de amor sin sílabas que no sea verso y que no sea pleito, que no sea un vencimiento ni un desistimiento, inventemos un poema de amor que no tenga recurso, un recurso de alzada de nuestras almas más allá de toda apelación, un compromiso de partes, un arbitraje sin laudo, un pacto andorrano de amor donde no quepan rencores, inventemos algo nuevo que nos una, una canción de amor, una mala postura, inventemos un terreno edificable donde edificar el amor, busquemos un proyecto sin urbanizar donde no existan limites a la edificabilidad, rompamos con los pleitos, quememos los papeles, desviemos el email, juguemos a inventar algo nuevo... Probemos a tomar pastillas para no soñar…

Jose Luis Benita de la Peña
Madrid

 

Trastorno mental transitorio
Todo agosto con la barriga al aire, bebiendo cerveza fría y paseando por la playa. Dejándose en los chiringuitos el estrés acumulado al servicio de la justicia, en defensa a veces lo indefendible, como buen abogado. Mas la felicidad es efímera. Por eso hoy, 1 de septiembre, se ha metido en el desayuno un par de aspirinas acompañadas de un tanque de zumo de naranja aderezado con unas gotas de gin, para aliviarse de la modorra del síndrome posvacacional. Luego, ha acudido a sala y ocupado su sitio, y cuando la jueza le ha concedido el turno, se ha situado delante de ella con la intención de exponer su alegato; pero, inopinadamente, semejando un murciélago al extender sus alas, se ha abierto la toga de par en par con las dos manos, y se ha exhibido con unas bermudas rojas por encima de los pantalones. “Con la venia, Señoría.”

José María Izarra Cantero
Burgos

 

“…Y LE DIJO EL TIEMPO A LA ILUSIÓN:…”
¡Los síntomas propios del síndrome de la desazón, el continuo vivir en un desahucio, el estrés de las situaciones agobiantes, el corazón en la boca a cada instante, las defensas de tu cuerpo bajas, inadvertidas! ¡Eso es lo que te espera, hijo, si cómo dices, quieres ser abogado! ¿Te lo has pensado bien? – así desgranada mi padre el torrente filípico, al verme con el sobre de la matrícula de la facultad de Derecho. Yo intento recordarle aquellas virtudes a las que él siempre se agarraba: ¡Pero… padre! ¿Y… la Justicia… la Razón… la Equidad? El, achacoso, muy vencido había pasado por todos los filos, pisado todos los estrados y rezongaba: ¡Esas virtudes, son como las estrellas fugaces, hay que estar alerta para verlas en la negrura de la noche, hijo mío! ¡Anda, rellena los impresos de la matrícula, ahora tendré que enseñarte a perder!

Manuel Fernández Fuentes
Arahal (Sevilla)

 

J de Justicia
No había defensa posible. La flecha venenosa lanzada por el malvado Profesor Síndrome fue a clavarse en la J de su pechera. Aturdido, el Capitán Justicia cayó de rodillas. Como sospechaba, no era cierto lo que le habían dicho en la escuela de superhéroes. No siempre ganaría él. Se sintió ridículo, engañado. Su supertraje más parecía un vestido de mujer, sólo llevaba una vieja espada y una balanza, y la espada era inútil si el enemigo era listo y no se acercaba. Batman, por ejemplo, vestía de elegante cuero negro y llevaba todos aquellos aparatos maravillosos. Si al menos no le hubieran hecho llevar esa estúpida venda en los ojos, habría visto llegar al Profesor y habría podido lanzarle la balanza a la cabeza. Aquello era el fin... El abogado despertó bañado en sudor. La tarde de cine con los niños no le había hecho olvidar el estrés del bufete.

Manuel Pablo Pindado Puerta
Leganés, Madrid

 

ONDAS TRAMPA
Soy abogado y no creo en la justicia. Si creyera no estaría acosado por el estrés y el insomnio. Desde que esa mujer cruzó el umbral, supe que estaba perdido. Nada podría hacerme desistir de llevar su defensa, a pesar de saberla culpable, de saber que miente con impunidad, que utiliza la fuerza de su atracción para absorberme. Me siento en el centro de un huracán, a merced de su turbulencia. Yo sé que lo preparó todo con diabólica minuciosidad, sin grietas. Lo mató sin compasión, amparada en la estética de lo sublime. Lo sé porque me ha permitido leerlo en sus ojos para después atraparme entre sus garras de terciopelo, para envolverme en la sensualidad de su cuerpo que irradia como una especie de ondas trampa. ¿Para qué luchar? Sé que no quiero huir a ninguna parte… Tengo que averiguar qué clase de síndrome es el mío.

Manuela Maciá Vicente
Elche (Alicante)

 

señor con maletín
Mis padres fueron de las primeras parejas que se separaron en nuestra ciudad. Yo no conocía a ningún niño en mi situación. Fue una etapa dura y llena de estrés. A mi alrededor todo eran gritos, tensiones, lágrimas, reproches... Los únicos momentos de paz se producían cuando llegaba un señor con un maletín. Me dijeron que era abogado. Se sentaba y hablaba con mis padres, ellos le atendían y después hablaba conmigo. Me decía cosas muy bonitas que me tranquilizaban y me daban confianza. Me hablaba de sentimientos, de justicia, de la defensa de los niños. Hoy en día me dedico a la docencia y detecto con bastante acierto el "síndrome del niño en proceso de separación". Cuando tengo ante mí a esa criatura que sé lo que sufre, empleo aquellas palabras de aquel abogado no titulado en psicología.

María Dolores Romero Domínguez

 

Superhéroes
Sueño que soy un superhéroe, quiero ayudar a quien lo pida, quien lo necesite, quiero encontrar la defensa perfecta, la solución al enigma, hallar la justicia allí donde todo lo ensució el orgullo y la discordia. Para mi la toga es el traje con la capa roja, me da super poderes de abogado, me llena el alma de fuerza como si de verás pudiese volar, proteger, aliviar… ¡Buenos días Valencia! Son las 8 en punto de la mañana, las 7 en Canarias ¡paff!... Maldito despertador, parece que me he dormido hace diez minutos, el estrés no me deja descansar. Necesito un café para mitigar el síndrome de somnolencia matutina que me ataca, por favor. Frente al espejo se que no soy un héroe, pero el luchador no nace, se hace, tras cada batalla, derrota o victoria, siempre esconde un triunfo, siempre.

María Jesús Montesinos Solaz
Valencia

 

LO DE SIEMPRE
Me levanté molido. No se si por el síndrome postvacacional o por las ganas de juerga nocturna de Elisa. Me caía de sueño y una inconfundible señal adornaba mi labio. El café me supo a rayos mientras repasaba las notas de la defensa y casi me maté al bajar las escaleras a saltos. Tuve que aparcar lejos del Palacio de Justicia y echar a correr como un descosido, pero era la hora en punto cuando me detuve jadeando ante la Sala, el corazón bombeando por el estrés. El agente miró irónico mi corbata ladeada y la señal de mi labio. ¿Cómo va? Farfullé. Con retraso, Abogado, me dijo con tono condescendiente. Qué raro, contesté mientras se le agriaba la cara. En el tablón se veían señalados 2 juicios cada 10 minutos. Lo de siempre. Me toqué el labio suspirando y recordé los pechos de Elisa. Entonces sonreí.

Miguel Angel Aragüés
Zaragoza

 

Testimonio de Ernesto
Soy abogado. Lamento que al decirlo así, de improviso, puedan pensar que me doy cierta importancia de celuloide. No sólo lo lamento, lo detesto. Les detesto a ustedes, y a esos pensamientos que habrán nacido inconscientemente en su mente, víctima del síndrome del surrealismo que baña las horas de este siglo. Soy abogado. Si hubiera uno, uno tan sólo, que no hubiera vivificado la escena de un serial televisivo o rememorado afectadamente la imagen de una tragedia en una sala de justicia... Soy abogado, pero ante todo soy Ernesto. Y Ernesto, mientras siga siendo Ernesto, será un hombre con virtudes y defectos, alguien que ama ciertas cosas y detesta otras. A veces genial, a veces reducido por el estrés cotidiano. Pero será un hombre. Y déjenme recordarles algo que aprendí en mis días de facultad: mientras sigamos siendo hombres, existirá la justicia. Esa es mi defensa, Señoría.

Omar García Sánchez
Plasencia (Cáceres)

 

Síndrome circular
- Le observé. Estaba rodeado de sillas, en aquella habitación acolchada, y pasaba de una a otra. Era acusado, juez y jurado, aplicado abogado de la defensa o implacable fiscal. Según tocara, exponía hechos, presentaba pruebas, confesaba, leía veredictos. Era frenético, hipnótico. Todo un tribunal de justicia en un solo hombre, todas las fuerzas igualadas, el ideal de equilibrio, de imparcialidad. Los médicos me explicaron que ese estrés se repetía cada día, que era la forma en que se manifestaba aquel extraño síndrome, que había más casos. Seguí visitándole, le llevaba expedientes de mis casos y él dictaba sentencia. Justa, lógica, inapelable, perfecta. Una pausa, pisadas sobre el linóleo. - Conteste sólo sí o no, por favor. Ese síndrome, ¿Le dijeron si es contagioso? Silencio. Ruido de sillas. - Protesto, señoría, es irrelevante. Metal arrastrado. La misma voz: - Se rechaza. Relevante. Que conteste el acusado.

Paloma Montaña Pajuelo
Leganés, Madrid

 

Causas perdidas
En la violencia de género solamente existe un síndrome ante el cual toda defensa es poca y ante el cual la justicia es injusta. Llegado ese punto el estrés es máximo para un abogado. El amor es un pleito sin proceso, es un acto propio, un concepto jurídico indeterminado, una instancia sin resolver, una sentencia en rebeldía, un despido improcedente. El amor es el primer género que genera violencia antes del juicio. Los turnos de oficio de violencia de género son un pleito perdido, lo pierde el amor, lo pierden los hijos, lo pierde el letrado, lo pierde el honor. El abogado de los pleitos perdidos es un letrado sin violencia que contempla la ciencia del descuido, del deshonor y la mentira. Al abogado le queda únicamente vagar con celo profesional y bajo el yugo del síndrome del dolor compartido y el amor perdido.

Rebeca del Prado Amor
Burgos

 

A tu imagen
En medio del angosto camino, la Justicia, hizo un alto. Levantó las mangas de su toga y comenzó a modelar lo que acabó siendo, del barro, un hombre.-"Serás abogado",infirió,"pues como barro, tanto eres agua como tierra y estás siempre a un paso ciego de uno u otro. Y como tal has de defender al agua de la arena del camino". Cayó de rodillas, desfallecida del arduo trabajo, poseída por el estrés, abandonada al fango que manchaba su cara y cegaba sus ojos. "Cómo olvidarme que el culpable y el inocente son tanto arena y agua, agua y arena, como tu imagen, materia de la que te he creado”. Luego se reflejó en la luz de la lágrima que caía sobre su rostro y se mezclaba con la tierra, fatigada y con síndrome de desfallecimiento, se acomodó al pie de su criatura rindiéndose a un profundo sueño.

Rubén González Sierra
Gijón. Asturias

 

PROFESIÓN
-Papá, ¿me ayudas con los deberes? -¿No deberías estar durmiendo? -Sí, pero es que hoy en la escuela la maestra me preguntó tu oficio, yo dije que según mamá eras un abogado con estrés y que en verano tenías el síndrome de abstinencia por no poder defender a esos criminales que frecuentas. Ella se rió pero luego me mandó hacer una redacción sobre tu profesión… - Escribe: un abogado es el que ama la Justicia sobre todas las cosas y siente el orgullo de ser sacerdote de ella. Es el que emite la defensa de los hombres en los tribunales no haciendo que lo blanco parezca negro sino que lo blanco deslumbre como blanco y lo negro se entenebrezca como negro. Es una de las cosas más grandes que en el mundo cabe ser. -¡De mayor quiero ser abogado! -Bien, hijo, ahora vete a la cama que es tarde.

Sofía García-Ollauri Antolín
Madrid

 

Justicia e Igualdad
Siempre pensé que podría llegar a ser el mejor abogado de la ciudad. Nunca dudé de que la justicia, para ser realmente justa, debe poderse alcanzar por cualquier persona, independientemente de su condición. Hoy puedo decir que me encanta sentir el estrés del día previo al juicio y que disfruto con el cosquilleo que siento al traspasar las puertas de la Sala. Cuando un cliente me confía su defensa, se convierte en un amigo, un confidente por el que lucharé como si estuviera en juego mi propia libertad . Y cuando llegan las victorias siento que mi vida realmente tiene un sentido. Amo mi profesión y esto me ayuda a amar la vida. Mi nombre es Julio y tengo síndrome de down. ¿Puedo ayudarte?

Tania María Pérez Pérez
Sevilla

 


Una tarde lluviosa llegó a mi oficina, según pude apreciar sufría indicios de algún síndrome extraño… o quizás tan solo fuese estrés. Sus pupilas dilatadas, su cabello descuidado y su rostro demacrado, me hacían temer de mi próxima clienta. Me pidió que fuese su defensa. Había oído que yo figuraba como un buen abogado, y explicándome el caso, pensé que podría ser sencillo otorgarle justicia a esa pobre mujer. Pasaron los días, y nada supe de mi extraña clienta, por eso procedí a llamar a un número que había dejado. Pregunté por la señora, y casi sufrí un infarto al enterarme por uno de sus hijos, que la misteriosa clienta llevaba más de seis años en el cementerio. Así pude darme cuenta que aún existen muertos que claman justicia.

Valeria Burgos Ortiz
Penco, Chile

 

EL OTRO GÉNESIS
Al principio sólo era Dios. Como aquello era muy aburrido, creó el cielo y la tierra, el día y la noche,... Al sexto día hizo al hombre y le concedió el libre albedrío. Y vio Dios que era muy bueno cuanto había hecho... O eso creía. Porque uno eligió ser recto; otro, honrado; otro, compasivo. Pero otro optó por ser maltratador; este, terrorista; aquel, pederasta. Un loco prefirió ser juez para impartir justicia y condenarles o absolverles. Rápidamente un idealista decidió ser letrado y se encargó de su defensa. Terminado todo el trabajo, presa del estrés, frustrado y víctima del síndrome del creador de la obra imperfecta, Dios no pudo soportarlo más y el séptimo día descansó de cuanto había hecho. Desde entonces el abogado chapotea entre las tinieblas del corazón del hombre procurando que el mundo sea un poco mejor cada día.

Alberto Ezquerra Gómez
Las Matas (Madrid)

 

RECAIDA
No debía, sabía que no debía volver a hacerlo. Mi relación sentimental dañada no resistiría el envite, mis ya pocos amigos me negarían, toda la sociedad me volvería la espalda, no les culpo, yo haría lo mismo. Ni siquiera mi madre sería capaz de mirarme a la cara. Nada podría alegar en mi defensa. La invisible Justicia social haría su trabajo. Esta vez no me iban a perdonar tan fácilmente como en las ocasiones en que había echado la culpa de mi comportamiento al alcohol, el desamor o hasta al stress, mi crédito estaba agotado. Había cruzado la línea convirtiéndome en un paria, un apestado social. Como un asqueroso yanqui dominado por el síndrome de abstinencia, que digo síndrome, orangután de abstinencia. Había regresado a las andadas. Estaba irremediablemente jodido. ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que descubrieran que había vuelto a ejercer como Abogado…?

Alfonso J. Hernández Hernández
Salamanca

 

Síndrome "Lady Macbeth"
Recién nombrada magistrada, buscó encajes dignos para las puñetas. Se prendó de uno dieciochesco, flamenco, primoroso. - Este encaje censurará su conducta, señoría. Si viola derechos de defensa, si menosprecia la abogacía, si comete iniquidad, la denunciará a su manera– le advirtió el cetrino anticuario cuando supo qué fin daría al tejido, tan distinto de adornar lencería. Meses después, al rubricar una de las tropecientas sentencias del abultado portafirmas, vio brotar unas manchitas púrpura en las marfileñas puñetas. Lo atribuyó al estrés. Pero apenas pasados unos días, tras fallar un difícil caso, las puñetas le parecieron sanguinas. Discutió con el tintorero: para ella, no habían recuperado su color. Desde entonces, cada vez que intentaba hacer justicia, creía que habían enrojecido aun más. Padecía un peculiar síndrome de Lady Macbeth: contemplaba sus puñetas indeleblemente ensangrentadas. Enloquecida, decidió malvenderlas. Hoy luce unas de ganchillo, vulgares, sin poderes. Regalo de su tía Penélope.

Ana Rosa Díez Simarro
Madrid

 

MI PRIMER JUICIO
Abrir los ojos, sentir la boca seca, reseca; “¡venga, venga, venga!”, retumba en mi mente una y otra vez, raudo, veloz me acicalo lo mejor posible pues todo lo hago rápido, rápido (¡jo, que estrés!)… y por fin salgo hacia el juzgado, cabeza alta, paso firme, acompañado por el rigor y la fuerza, dos sombras una a cada lado; levanto la cabeza: “Palacio de Justicia”, ya hemos llegado, buenos días, buenos días y de entre los expedientes amontonados, como si tuvieran el síndrome de Diógenes, sale una voz ¡buenas!; sigo empujado por las sombras hasta “sala de vistas”, que por cierto no es ningún mirador, ¡ah! y el micrófono que hay en el medio no es para cantar… menuda bronca me echó el secretario menos mal que en medio de la canción y de la bronca llegó mi abogado, el que ejercería mi defensa.

Bernardino Martínez Crespo
Santiago de Compostela

 

El retraso judicial
Se hace tarde, llamaré con cualquier excusa para que se retrase la vista.- Dijo el juez El retraso del juez me permitirá hacer cola para sacarme el abono transporte,- Dijo el secretario Hoy llegaré tarde, el juicio se retrasará, como siempre.- Dijo el abogado de la defensa Puedo dejar al niño en la guarde, si el juicio es a las diez, empezará a las doce.- Dijo el procurador. Desde hacía rato los justiciables esperaban, nerviosos, en la puerta de la sala. Por el palacio del estrés, antes llamado de justicia, hormigueaba gente con prisas, nadie estaba donde debía cuando debía, ni la judicatura, ni la abogacía. En la calle, a toda prisa, algunos apagaban, fumando, el síndrome de abstinencia. A esa hora, la señora de la limpieza, puntual, terminaba su jornada, tranquila, bostezando, era la única que no tenía cuentas con la casa. Había dejado impoluta la sala del juicio.

Francisco Javier Gómez Gutiérrez
Madrid

 

Terrorífica amenaza
Se estaba emitiendo el telediario de las tres de la tarde cuando dieron la terrible noticia. Recuerdo que la gente quedó aterrada, que el síndrome del miedo y el estrés se apoderó de todo el país. Un peligroso grupo terrorista había asaltado el Palacio de Justicia con más de 600 abogados dentro y los habían tomado a todos como rehenes en defensa de sus exigencias, ya querían asegurarse de que eran cumplidas. Pedían 50 millones de euros en efectivo y un avión totalmente dispuesto para la huida a un lugar desconocido, seguro e indudablemente afín a su causa; de lo contrario cumplirían su amenaza, su terrible amenaza, que ya había sido comunicada con toda su crudeza… de no acceder las autoridades competentes y el gobierno a su petición, no tendrían clemencia, tomarían a cada abogado… … y cada diez minutos los irían SOLTANDO de uno en uno. Terrorífica amenaza.

Javier Romero
Sevilla

 

Última palabra
Había pasado la noche preparando su propio alegato. Por la mañana dispondría del privilegio de tener la “última palabra”, si su abogado no lograba convencer a Su Señoría de su inocencia, él, lo conseguiría en esta última oportunidad; así que, repasó una y otra vez los indicios que según su letrado resultaban claramente insuficientes para que le condenasen. ¡Es mejor que no añadas nada!, -le habían advertido- ¡La justicia no necesita de mayores presentaciones; además el stress juega malas pasadas! Momentos antes de ser llamado por el Agente judicial, en pleno “síndrome de espera” disculpó su tardanza, por la “lejanía” de los baños. La ausencia de prueba no impidió al M. Fiscal mantener su acusación, pero permitió a la Defensa entonar un victorioso himno a la presunción de inocencia. Invitado el acusado a la “apostilla” final, añadió: “Señoría, prometo que no volveré a hacerlo”. Visto.

Luis López Mompeán
Zaragoza

 

Equivocarse
En una sala del palacio de justicia forrada de madera y olor a rancio se reunen la cordura, la mentira, la hipocresía y la esperanza. Qué empieze el espectáculo! Pudiendo ser poeta me he dedicado a la abogacía. Nadie me dijo que fuera fácil la defensa de criminales con balas de plata, pederatas disfrazados de directores de campamentos, asesinos confesos, violadores de lo opuesto, dictadores sanguinarios vestidos de padres respetables, terroristas cobardes, amas de casa despechadas y otras causas perdidas. Juicios morales, juicios paralelos, juicios justos, juicios lejanos. Me creo las mentiras y fantaseo con las realidades. Es muy fácil engañar y matar las ilusiones de las partes dolientes. Siento haber ganado, pero más siento saber que pude hacer menos y no lo hice. Ahora sufro estrés y el Síndrome de fatiga crónica que dá la hipocresía; sólo me queda una salida: Voy a intentar salvarme a mi misma.

Maite Jiménez Carrasco

 

Manifiesta el dicente
Manifiesta el dicente que en el presente día se había citado con el tal Domínguez en el Café Continental. Que acudió a dicha reunión pensando que se le iban a abonar los gastos de la defensa del antecitado. Que al llegar al establecimiento no lo halló pero que uno de los camareros, al reconocerlo, le entregó un papelillo manuscrito en el que pudo leer:” abogado, oy aremos justicia”, lo que dice el denunciante haber entendido como indicio de que iba a cobrar su minuta. Que a causa de esto aguardó en el establecimiento más de lo recomendable ya que padece el Síndrome de Collins y debe evitar espacios poco ventilados pues le generan un agudo estrés. Que permaneciendo aún en el local recibió la llamada de su mujer refiriéndole los hechos objeto de la presente denuncia. “Pedro –manifiesta el dicente que balbucía-. No nos han dejado ni los Aranzadis”.

Mar Domínguez Herráiz
Alcalá de Henares (Madrid)

 

Abogado, luche
“Abogado, luche por mi. Hágame creer en la justicia. Combata en mi nombre ante el tribunal. Ejerza una defensa ejemplar. Olvídese del estrés y de otras tonterías. Está aquí para vencer. Arañe, muerda, pero al final, gane. Consiga que tenga permanentemente el síndrome de su recuerdo. Abogado, luche por mi. No se deje intimidar . Aplique sus conocimientos. Convénzales de mi inocencia. Derroche energías, desarrolle estrategias, enmudézcales con su retórica. Abogado, luche por mi. Sienta la ley en cada nervio. Busque, indague, demuéstreles la verdad. Asómbreles. Clave sus ojos en todos los ojos. No deje nada al azar. Sea la voz de mi silencio. Arrase la sala como un ciclón y permanezca firme a mi lado. Abogado, venza por mi.” Atentamente R.C.

Ramón Clivillé Quintana
Barberá del Vallés (Barcelona)

 

Esa vez irrepetible
“Bienvenido al maravilloso mundo de la abogacía”, pensé mientras recorría con la mirada aquella toga prestada. Tantas veces puesta (y repuesta), era el único escudo que me serviría de defensa ante lo que allí dentro pudiera pasarme. Nadie en la facultad me había hablado de esto; de una noche de insomnio, de un estrés irracional, de una congoja que le va ganando terreno al tiempo. Unas ojeras de justicia, sudor frío y el movimiento tembloroso e involuntario de las manos, delataban el síndrome del novato. El estómago iba a darme un vuelco y el corazón a salirse por la boca. O tal vez fuese al revés. No sé. Sólo sé que era incapaz de percibir todas las miradas que seguro se cernían sobre mí. Todo se desvaneció con las primeras palabras de aquel hombre de las puñetas. La situación me venía grande y la toga pequeña. En fin, allá vamos.

Ricardo Fortún Sánchez
Madrid

 

Sobresaliente
EXAMEN DE LÓGICA JURÍDICA ENUNCIADO: 1º) Suponiendo que Justicia fuera la suma de defensa y acusación. 2º) Suponiendo que el juez elevara el resultado a equidad. 3º) Suponiendo que dictara sentencia en un periodo corto y razonable de tiempo. 4º) Suponiendo que el abogado defendiera y el fiscal acusara.... VARIANTES: 1º) Suponiendo que el juez no supiera sumar o no tuviera reloj. 2º) Suponiendo que el fiscal sufriera el estrés del abogado. 3º) Suponiendo que el abogado tuviera síndrome de fiscal. 4º) Suponiendo que se confundiera la E, de Equidad, con la E, de E-sto-Es-jauja. CUESTIÓN: ¿Qué pasaría en nuestro sistema judicial, si a las genéricas y deseables suposiciones del enunciado principal, se le añadieran sólo una, varias, o todas las variantes? RESPUESTA: ¡Pues pasaría lo que pasa!

Rosa Peñasco
Madrid

 

Biblioteca
Mantuve la calma. Incomprensiblemente, porque ante estos espectáculos de violencia y estupidez humana rijo por mi carácter racial, y me pierdo. Aquella mujer gritaba entre convulsiones y babeaba, rabiosa. La prueba era mi corbata, emperdigonada de salivazos. Le había exigido –pedido humildemente, diría- el pago de diez céntimos de una multa por retraso en la devolución de un libro. Diez céntimos. “¡No hay justicia!”, me berreaba. Pensé inmediatamente que yo no podría aguantarlo y que terminaría por abofetearla o insultarla. Ya me veía hablando con mi abogado, pero éste me decía –yo le oía en mi delirio- que no podía alegar legítima defensa; que, si acaso, podía pedir la baja por burn-out o estrés. Arreciaban sus gritos y sus exigencias. Resoplé como un toro, crispé las manos sobre el mostrador, pero sus palabras me salvaron: “¡Me va a dar un síndrome!” “Síncope, señora” –le dije, relajado: “se dice síncope”.

Sergio Campos Cacho
Berlín (Alemania)

 

Fatiga crónica
La Justicia acabó por quitarse la venda de los ojos. Con un grácil salto, arrojó la túnica y se quedó desnuda. ¡Qué alivio! Estaba harta de las personas capciosas que, con juicio o sin él, florecían en los juicios, harta de esa maldita balanza que inverosímilmente solía inclinarse siempre hacia algún lado… Abogados, periodistas, políticos e intelectuales. Todos la querían, pero con otro nombre. El consejo general del poder judicial, la prensa devorando sus decisiones -amén de cuestionarlas-, los condenados, siempre despotricando de ella, los absueltos, unos desagradecidos… Era la eterna olvidada. Así que, sin venda ni túnica, quiso empezar una nueva vida. Si alguien la demandaba por incumplimiento de contrato (¡y qué contrato! ¡a perpetuidad!) alegaría en su defensa estrés profesional. O síndrome de fatiga crónica… Total, hacía tiempo que quería actuar en el vodevil.

Teresa Majeroni Sánchez
Ávila

 

Entre dos luces
Buscó unas piernas ágiles que resistieran los tacones todo el día. Del segundo estante del armario, tomó un par de brazos y unas manos, con las que revolvió los cajones de la cómoda en busca de unos ojos que le hicieran justicia. ¡Qué estrés!, ¿dónde estaban las cejas?, ¡juraría que anoche estaban en la estantería del baño, al lado de las uñas de manicura francesa!. Escogió un gesto leve, de labios ligeramente pintados, y una voz bien modulada para convencer al jurado... El café, de pie, con las magdalenas del tiempo perdido, tenía aquella mañana el síndrome de Proust. Salió a toda prisa, a la vez que cogía al vuelo la carpeta con los alegatos de la defensa, el maletín, el móvil...no se dejaba nada... Antes de cerrar la puerta, el espejo del vestíbulo atrapó a la mujer; fuera, el amanecer de hielo, engulló al abogado.

Yolanda Ferreras Pernas
León