Histórico de relatos - noviembre  2008

PALABRAS: Abogada, Estrado, Fianza, Mermelada, Marmota

 

Relato ganador

Scusi
Mamá era abogada, de ésas que consiguen que los malos no salgan bajo fianza. Decían que incluso el estrado temblaba cuando mamá interrogaba. Yo sólo recuerdo que cantaba canciones de Sarah Vaughan mientras untaba la mermelada en mis tostadas. Cantaba como los ángeles, o, mejor, como Sarah. Y exprimía las naranjas, y dejaba el zumo sobre la mesa al tiempo que me revolvía el pelo y tarareaba “despierta marmota”. Hace ya veinte años que mamá no está. Y hace ya veinte años que recibo por correo, cada seis de Enero, un disco de vinilo de Sarah Vaughan. Alguno se ha repetido. Lo que no cambia nunca es la nota que lo acompaña: “Mis excusas, bambino. Jamás maté a otra mujer con la voz tan bella. Palermo, a 31 de Diciembre...”

Gabriel de Biurrun Baquedano
(Barañain) Navarra

 

Relatos seleccionados

La niñera
Dos tostadas con mermelada y un café con leche, sirvieron a la joven abogada, Jessica Howart, para afrontar el día que le esperaba. Ella había decidido, tiempo atrás, que este iba a ser su feliz y añorado «día de la marmota», pero sus planes pronto se vieron truncados cuando un mensaje en su teléfono móvil le informaba de que debía acudir, en domingo, a la comisaría central de Manhattan, para asistir a uno de los hijos traviesos de uno de los mejores clientes del despacho: un acaudalado promotor inmobiliario. Se encontraba detenido por conducir ebrio un precioso Corvette del 75 de papá; por poco mata a una pareja de novios. La fianza era ridícula, pero su padre quería darle un escarmiento; quería verle subir al estrado, que alguien le diera una lección de humildad. Domingo, Licenciada en Derecho Cum Laude por Harvart, y haciendo de niñera: para llorar –pensó–.

Abel Joan Sala Sanjuán
Cullera (Valencia)

 

El Edén
‘La abogada’ era el bar más concurrido por el personal de juzgados. En aquel local, cuando en la percha quedaban las togas y las personas bajaban del estrado jueces, fiscales, letrados, funcionarios, procuradores, denunciantes, acusados, víctimas y hasta testigos, compartían periódico y mermelada. No seré yo quién diga que allí, en vez de en las salas de vista, se fijó más de una pena y más de una fianza, pero era sabido hasta en el Ministerio que aquella cafetería era el centro neurálgico de la justicia regional. Allí se alcanzó la conformidad más negociada y difícil que recuerdo. Allí he visto hacer campaña en las elecciones al colegio de abogados. Allí, acusación y defensa bajaban sus dedos índices y quedaban para el pádel. Por eso, hasta una marmota de periodista como yo, sabía que en aquel maravilloso lugar estaban los titulares de mañana. “¡No, letrado, ese café lo pago yo!”.

Alejo Jesús Lucas López
Cieza (Murcia)

 

5 de diciembre
Me despierto y enciendo la televisión. Obama ha ganado las elecciones. Me visto, bebo el café de un trago y corro hasta el despacho. Las 9:06, llego tarde otra vez. Me siento, enciendo el ordenador, retomo el expediente que dejé ayer a medias. Trabajo tres horas. Necesito un descanso. Es el momento… entro en la web de abogados, pincho el concurso de microrrelatos... ¡ya hay ganador!, grrr, no soy yo!... vuelvo a leer las palabras del mes de noviembre -abogada;estrado;fianza;mermelada;marmota- pfff, veamos una marmota que se come un tarro de mermelada (venga no seamos cutres), una abogada que defiende sobre el estrado la inocencia de su novio (muy típico), una abuelita que paga la fianza de su nieto con tarros de mermelada casera, (demasiado…malo), dejémoslo, lo mejor será volver al tajo. Seguro que mañana estoy más inspirada, me quedan 9, tengo que ganar un mes!!!!

Ana Cristina Lacasa Miguel

 

Apenao
Rumiaba el gitano en lo alto del estrado bajo la atenta mirada de la abogada. - Juro por mis muertos que al inútil de mi hijo le pego una palisa, míralo allín quieto... dormio como una marmota, no ha sio capas de juntar el dinero de la fianza, y asín me veo yo... un buen ciudadano que no ha hacho mal a naide en toa mi via, rodeao de gente tan estirá..., mu, mu estirá que no aprecia to lo que valgo, este probe y triste gitano. Y allín estará la Mercedes, calentita al calor del brasero, hasiendo la mermelada como ella solo la sabe haser... rica, rica. Entonces su señoría le pregunta como se declara, y él..., subiendo lentamente su mano, y cerrando fuertemente su puño, se la junta a su pecho frío y acompañándose de un gesto compungido declara con sus labios finos. -Mu apenao señor juez, mu apenao

Belén de la Parte Pascual
Burgos

 

Último testigo
… Había una especie de compota de frambuesa cerca del muerto, huellas imposibles de reconocer; en el desván, tendido como una marmota, el acusado… Rezaba el atestado policial, leído una y otra vez por mí; imposible sacarlo libre. La abogada de la acusación eliminó uno a uno a mis testigos. ¿Algún testigo más? Sí Señoría, mi último testigo. ¡Súbase al estrado! No señor, no estoy estresado (En ese momento supe que no iba a ser fácil el interrogatorio) ¿Conocía al finado? No, yo no afino, yo toco de oído, soy músico ¿sabe? (risas en la Sala) ¡Silencio! ¿Sabía que el finn-difunto, ese día, llevaba la fianza del arrendamiento? ……………………………………………………. ¡Conteste! Es que me ha mandado callar ¡Señoría, no más preguntas!, por cierto, una curiosidad ¿qué lleva en el bolsillo?. Es que con los nervios me baja el azúcar y siempre llevo un tarrito de mermelada ¡casera!, mire de ¡pura frambuesa!

Bernardino Martínez Crespo
Santiago de Compostela

 

Mantequilla y Mermelada
Mi ex marido prefería preparar los juicios en casa. En bata y zapatillas, solía pasearse solemne por el salón ensayando su alegato final. Yo dormía en el sofá –perdón, en el estrado- cómo una marmota. Y él se enfadaba. Así que además de escucharle atentamente, tenía que ser fiscal o abogada según convenía. Procuraba hacerlo lo mejor posible. Incluso, ojeaba a escondidas sus libros de derecho. Sin embargo él nunca apreció mi esfuerzo. Ni siquiera si mi inocencia le ponía en un leve aprieto. Creía que era tonta. Un día le sorprendí en un desliz. Y sentí por primera vez el íntimo placer de la victoria. Pero él no lo admitió y se fue. Ayer, cuando fui a recoger a los niños, le descubrí hablando con su madre en la cocina. Mientras ella le untaba una tostada con mantequilla y mermelada él intentaba explicarle que era una fianza.

Cristina Ferre Termens
Gavá (Barcelona)

 

María y yo
Corría el año 73, la facultad de derecho hervía de activismo político. María y yo estábamos en el último año, la amaba profundamente. Ella deseaba ser abogada laboralista, ponerse al lado de los oprimidos, en cambio yo quería ser abogado mercantil y ganar dinero, pero a ambos nos fascinaba el derecho, el paté de foie con mermelada de arandanos y hacer el amor. Me encantaba contemplarla en el estrado del salón de actos disertar sobre la próxima huelga estudiantil o sobre la toma de conciencia de proletariado. Yo era, un pasota político, y aunque nunca me convenció de la conveniencia de la revolución, respete siempre sus ideas. Después de pagar una fianza de 50.000 pesetas, su gata Marmota y yo fuimos a buscarla a la cárcel, salió tan guapa que le dije: " Cásate conmigo". Ahora dirige una ONG, yo un banco y ambos una casa con tres hijos.

Enrique Gómez Rubio
Madrid

 

Imposible dormir
Imposible dormir. Cambio de postura, quito la almohada, me destapo y vuelvo a taparme. No pensar, mantener la mente en blanco… Me levanto a las seis, pero calculo que llevo dos horas desvelado. Y mi esposa, mi abogada, durmiendo cual marmota. Parece mentira cómo puede llegar a molestar el hecho de que tu compañera de cama permanezca, inmóvil e indiferente, cuando uno no es capaz de conciliar el sueño. Es una sensación de egoísmo que te ataca en la creencia, por supuesto errónea, pero aún así incontrolable, de que la persona que duerme a tu lado permanece indiferente a tus problemas, que no le importa en absoluto tu situación. Resulta molesta hasta su respiración, cuando no puedes dormir. Unto la mermelada en una tostada, sin ganas. El café no consigue despejar mi mente, obsesionada con la idea de conseguir la fianza antes de subir al estrado a confesarme culpable.

Germán Giménez Imirizaldu
Sabadell

 

Palabras quebradas
Manchas de sexo y mermelada sobre una alfombra que se ha arrancado los ojos asustada. Cordón policial impenetrable que augura un daño irreparable, un grito desquiciado de terror que aún sigue llorando el eco de una habitación violada. Todavía parece desnudo el cuerpo esa niña adolescente que tirita de pánico mientras sube al estrado. Observa temblorosa a su alrededor, y se estremece al ver la misma mirada fría y excitada de aquel indeseable, que asesinó en pocos minutos su inocencia de muñeca de porcelana. Una joven abogada se ve acorralada por la audacia de viejos letrados curtidos en mil batallas, que olvidan el asunto con una ridícula fianza. Lucha desigual entre una cría de mamota y su más voraz depredador, el águila real. Garras afiladas capaces de quebrar los huesos de una presa que nunca se rinde. Guerra de guerrillas que hace justicia con la víctima. No hay sonrisas.

Gonzalo Castro Colinet
Madrid

 

Quiero ser... ¡Presidenta!
Tomó aire en el estrado. Había esperado durante años ese momento y ahora que lo había conseguido, le invadía la euforia. Presidenta del Gobierno. Se le arremolinaban los recuerdos: La Facultad de Derecho, sus años como abogada en el turno de oficio entre fianzas y permisos penitenciarios, las horas interminables en los juzgados... Había sido por entonces cuando había descubierto que lo suyo era la política. Se repetía que la justicia había que hacerla desde arriba. Tenía ideas, liderazgo, pasión y empuje, y eso fue lo que le impulsó a la cima del partido. Ella misma se sorprendía de lo que había logrado. Observó la Sala abarrotada y… -¡Elenaaaaa! ¡¡Despiertaaaa!! Levantó la cabeza. Todo había sido un sueño, tenía la cara sobre una tostada de mantequilla y mermelada, y su madre gritaba desde la puerta de la cocina. -Eres una marmota. Date prisa que vas a llegar tarde al colegio.

Ignacio Pérez Delso
Boadilla del Monte (Madrid)

 

La Marmota Feliz
Las autoridades dan cuenta de que han fallecido 84 niños por consumir mermelada adulterada de productos alimenticios “La Marmota Feliz”, la empresa que con tanto esfuerzo fundé hace poco menos de 3 años. El culpable de todo, un saborizante llamado megamina que me recomendó un ingeniero para optimizar mi cadena productiva y reducir costos. La abogada que representa a las madres de las víctimas apostilla que el verdadero culpable soy yo y mi falta de escrúpulos y mi desmedido afán por enriquecerme a cualquier precio. Cuando suba al estrado, como mujer que es, como madre, como fiscal, pedirá mi cabeza. No habrá fianza que alcance para librar mi cuello de este feo traspiés. Mucho me temo que el juez me sentencie a tomarme una dosis de mi propia medicina. Mermelada de mora de la “Marmota Feliz”, para dormir por siempre y para siempre.

José Aristóbulo Ramírez Barrero
Bogotá (Colombia)

 

Sueño reparador
Su señoría se subió los pantalones, sintiéndose viejo y cansado. Contempló a la nueva abogada, despatarrada sobre el estrado. Tenía aspecto de leona, despeinada y sensual. Restos de mermelada de frambuesa resbalaban por su piel morena. El juez se atusó la toga y se sentó en su sillón. Continuó trabajando en la fianza de un acusado. Al poco, unos suaves ronquidos le llegaron nítidamente a los oídos. Asomó la cabeza desde el borde de su atalaya, en la tribuna. Su amante, estaba durmiendo como una marmota. El magistrado meneó la cabeza, indulgente. Aún quedaban un par de horas hasta que llegaran las mujeres de la limpieza. Levantándose, se despojó nuevamente de la toga, y tapó aquel cuerpo moreno al que le quedaba un mundo por delante. Que mejor, se dijo, que un tribunal para dormir el sueño de los justos.

Jose Vivente Pérez Bris
Bilbao

 

Mi camisa nueva...
Allí estaba ella, abogada recia y firme sobre el estrado, disertando acerca de lo humano y lo divino. Allí estaba yo, aburrido como una marmota en aquella silla mohosa, pensando en mi camisa nueva, sucia por aquella mancha verde, sabiendo que era inviable ganar a alguien con una sonrisa tan perfecta. Al salir de la sala, me acerqué y le dije: “es mermelada”, señalando a mi camisa,…. Ella sonrió y dejó ver esos dientes perfectos. En ese momento supe que le ganaría. Una mes más tarde, mientras le ponía una tostada en mi pequeña cocina, ella sonrió y me dijo: “ganaste el juicio, y me ganaste a mi con esa misma mermelada”. “Ya lo sé” respondí sonriendo, era la primera vez que había sacado algo en claro de un juicio por una fianza.

Juan Jose Asegurado Fernández
Madrid

 

La invisible soga
En el momento del juicio, cuando desmadejaba la red de sus recuerdos, intrincada y tortuosa como el interior de la madriguera de una marmota, deseaba únicamente deslizarse cobardemente desde aquel cadalso, disfrazado de estrado, hasta el más recóndito de los olvidos. Aún recordaba como, la invisible soga de sus ojos verdes, aprisionó el sosiego de su espíritu. Se la presentaron como la abogada más prometedora del gabinete, y el sólo vislumbró en ella la fianza, a cambio de la cual, la libertad de sí mismo tocaría a su puerta. El último recuerdo de tan enmarañada red, era aquel blanco y grácil cuello entre sus fornidas manos y aquellos ojos verdes, a los que se les escapaba la vida Ahora todas las mañanas, las tostadas con mermelada quedan intactas en aquel cuarto acolchado, y desde el abismo del espejo de su memoria, siempre acecha el destello verde de aquellos ojos inertes.

Julio José González Coronel
Huelva

 

Ganamos todos
María es una abogada eficiente y concreta, nunca se extiende en verborrea inútil. Hoy ha dormido como una marmota, la noche anterior planificó la defensa concienzudamente. Toma café y tostada con mermelada. Se arregla y marcha con paso firme a librar una nueva batalla. Hoy más que nunca desea que el juez valore la verdad de su defendida. Sólo quería salvar su vida, intentaba acuchillarla, ella desvió su mano clavándoselo en el cuello. Este mal nacido saldría adelante, ella llevaba veinte años de tortura. Con más fuerza que nunca sube al estrado, después de escuchar al fiscal la elevada petición de la pena, algo se subleva en ella, enumera el elevado número de víctimas ¿ penas elevadas? sí , pero para ellos , hay que poner coto a esta barbarie . Cuando el juez dictamina su absolución y recobran la fianza, no piensa ¡he ganado! Así ganamos todos.

María del Carmen de la Calle Álamo

 

Triángulo
Espalda contra espalda, un juez y un fiscal. Avanzan unos pasos, cargadas las pistolas, en la brumosa madrugada. “No somos franchutes para soportar triángulos, colega; y es asunto para ventilarlo a primera sangre, no en estrados”, fue el reto del juez. Los padrinos –dos fiscales- asisten preocupados al ilegal combate. Los duelistas se paran, se vuelven, apuntan sus armas. Lejos, el vértice sustancial del triángulo se despereza entre sedosas sábanas, junto al cuerpo de un estafador, libre bajo fianza. Antigua actriz, triunfó con una película donde la untaban con mermelada. De albaricoque. Ahora es abogada. También famosa. En la sala de togas suele despojarse del abrigo de marmota como si fuera a rodar desnuda. Despierto, el estafador la contempla. Mientras, los contendientes han disparado. El juez ve los labios de su mujer posados en los del malherido fiscal. A éste le sabe la boca a mermelada. De albaricoque.

Manuel De la Peña Garrido

 

Mujer
Pertenezco a una generación de mujeres que, cuando se casaban, disfrutaban como marmotas hibernando en el hogar familiar, y entre cuyos quehaceres favoritos se encontraba hacer conserva de mermelada de ciruelas y tapetitos de punto de cruz.Precisamente, tareas, todas ellas, que me causan salpullidos. Huyendo de lo que me parecía un pavoroso panorama, decidí ejercer por mi cuenta como abogada, ya que en estas lides me cultivaron. Para ello, tuve que aceptar pagar una fianza adicional por ser mujer, que me solicitó el propietario del local de mi primer despacho. Después de aquella primera ilusión, vinieron los nervios contenidos y el estómago oprimido al subir al estrado y estrechar la mano al centenario juez, que por turno correspondiera. Con el paso de los años he secundado el dicho de que cada vez son más jóvenes. Hoy, lo reconoceré en voz alta por primera vez, la centenaria ya soy yo.

Manuela Ruiz Torres
Jaén

 

Presunto culpable
La tensión subía por momentos en la sala del juicio. Sobre el estrado, el presunto culpable permanecía dormido como una marmota. A pesar de la magnífica defensa de la abogada, el juez halló culpable al acusado. No tuve más remedio que pagar la fianza: la mermelada me la había zampado yo y culpé al perro que dormía la siesta de los inocentes. El juego se terminó cuando mamá nos llamó a gritos.

María del Carmen Guzmán Ortega
Málaga

 

Como un milagro
Y pensé... no tengo carácter, para ser abogada. Pasaron los años y cada vez lo que parecía ser mermelada de néctares sublimes, delicias de exquisito paladar fueron quedando en una amargura y melancolía crónica. Como una marmota, quedo invernando mi esperanza. Año, tras año, parecía pagar la fianza por una plenitud que parecía ser un sueño, sólo sentía que no podría ser. Los empleos eran precarios, todos iban desfilando como en una pasarela y muchas veces no sabia si era yo la que desfilaba o habían sido más protagonista ellos que mi propia existencia. Ya no sabia si la espera era mi desespera. Como si hubiera subido al estrado, un trémulo resquicio de primavera entro en la sala de audiencias, llegó la decisión final, el veredicto licenciada el 24 de septiembre de 2.008

Maria Rosa Deza Sierra
Torrejón de Ardoz (Madrid)

 

Liberación
“Acérquese al estrado y confiese la verdad. ¿Es cierto que robó usted la marmota de su vecino porque quería hacerse un gorro con ella? ¿Es cierto que utilizó para engañarla una galleta untada con mermelada de fresa?”. El acusado, cabizbajo, no respondía. Desde la ventana del tercer piso la madre de la abogada la llamó a gritos: “¡Laura, a merendar!”. La niña miró hacia arriba con gesto de fastidio, como si acabaran de lanzarle una piedra, y su amigo, el presunto ladrón de marmotas, encontró en aquella voz de mujer la verdadera liberación, sin cargos y sin fianza.

Maribel Romero Soler
Elche (Alicante)

 

Por qué
Duerme como una marmota, le levanto y le visto, empiezan los lloros. A regañadientes se sienta en su mesita y conecta la tele. Mientras ve a Pocoyo sorbe la leche y muerde la tostada con mermelada. Le peino y le pongo colonia. - ¿Por qué?- dice mientras se despeina -Venga, llegamos tarde, tesoro, son las 8:30 ¡y tengo que irme al despacho y primero dejarte en el cole!-. -¿Por qué?-. Ya me estoy alterando, nos lanzamos a la calle y subimos al coche. Tengo un juicio importante, alguien va a subir al estrado y es necesario que yo controle mis nervios, hoy consigo que nos quiten la fianza. - Mamá es abogada y hoy tengo juicio-. Le miró por el retrovisor, y espero dos segundos… -¿Por qué?- dice. –¡Ya está bien!- mis manos tiemblan. El retrovisor me devuelve su mirada, y de repente escucho –¡ porque tuuuuú lo digas!.

Marina Bartual Vendrell
Madrid

 

Desidia
Había vivido bien sin obligaciones, podía dormir como una marmota sin necesidad de despertador, otros madrugaban por ella, leer la prensa del corazón mientras desayunada tostadas con mermelada, otros leían pesados informes por ella, heredera de la empresa nunca asumió su administración, otros administraban por ella, en esto pensaba cuando la voz de su abogada la devolvió a la sala, y sentada en el banquillo de los acusados oyó como la juez desde el estrado decretaba prisión incondicional sin posibilidad de fianza, nadie iría a la cárcel por ella.

Mireia Grau Camps
Sant Feliu de Codines

 

La receta
"¿De qué podría hacerla esta vez?", se preguntó. Allí el tiempo libre abundaba, y las clases de cocina impartidas como terapia de reinserción social eran idóneas para poner en práctica ideas recopiladas a lo largo de la jornada. Siempre que la profesora probaba sus creaciones, se sentía como en lo alto de un estrado, orgullosa por un trabajo bien hecho. Tanto era el placer cuando la elogiaban que, incluso, dejaba de sentir rencor hacia la abogada que le había enviado a prisión con su brillante discurso de marmota y sus horribles gafas pasadas de moda. La abogada. A veces, cuando removía el contenido de la cacerola, pensaba en ella. "Si pudiera, le rebanaría el cuello, la cortaría en pedacitos, la herviría en un buen montón de azúcar. Y prepararía una mermelada excelente, cociéndola despacio, muy despacio”. "Total -se decía-, tengo todo el tiempo del mundo hasta que reúnan la fianza".

Nisa Arce González
Firgas (Las Palmas)

 

La marmota feliz
Era una mañana de mayo cuando una enérgica abogada se aproximó al estrado y con voz nítida y rotunda proclamó en su alegato que no se conocía ley natural ni orden moral que prohibiese a su cliente alimentar a su marmota con mermelada. Asimismo relató que no se conocía impedimento para vestirla con los colores del Racing de Santander o subirla en monopatín. La acusación, llevada por el abogado de la asociación pro defensa de los derechos del animal, exigía pena y fianza por abuso, exceso y mal trato. Nada de fianzas, nada de abusos, nada de malos tratos; la marmota fue considerada mascota y tenía derecho a un trato acorde con los tiempos. A la viuda propietaria del animal, allí presente, se le escapó un lacónico sollozo al escuchar el fallo, ya que finalmente veía como los cuidados que dispensaba al reino animal se veían reconocidos.

Patricia Fernández Granda
Grado (Asturias)

 

La abogada mermelada
Así me apodan, la abogada mermelada y no, esto no es cuento de Gloria Fuertes, ¡qué más quisiera yo! Cinco largos años de acudir impecablemente al Juzgado se disiparon en una aciaga mañana. Dos noches con mi hijo en brazos, el Apiretal en una mano y el termómetro en la otra. Comparecencia para fijar la libertad provisional con fianza, o eso esperaba. Constituida la Sala, yo en el estrado a la izquierda de Su Señoría, como siempre la defensa. Me dormí, lo reconozco, como una marmota. Soñaba con mi pequeño. Cómo hacerle comer un poquito, qué darle y entonces sólo sentí como si un rayo me traspasase, abrí los ojos sintiendo como todas las miradas se hallaban fijas en mi al mismo tiempo que la carita de mi hijo seguía en mi mente e involuntariamente mi boca tronó, alto y sonoro, ¡mermelada, Su Señoría, mermelada!

Pilar Marco Novella
Zaragoza

 

Primera vista
Casi aplasta su pequeño Renault Clio. ¡ Vete a fregar, marmota !, ¡ Mujer tenías que ser !. Dijo el hombre del X5, a la vez que salía disparado con el semáforo en ambar. Ella le hizo un corte de mangas, y un rosario de improperios salió de su boca, mientras giraba hacia la izquierda. Cuando llegó a la sala de togas, apenas podía contener la indignación; pero era su primer día, así que respiró hondo, y se puso los ornamentos de abogada; ya tendría tiempo, más tarde, de aplacar la ira, comiendo un tarro de mermelada de higos, delante de la televisión. Entró en la Sala, acompañada de su cliente; miró al estrado, y comenzó a ver rojo. Allí estaba. El hombre de las puñetas. ¡ Qué pequeño parecía ahora, sin su X5 !. Decía algo sobre la fianza; se miraron con rabia durante un instante, pero la justicia siguió su curso.

Primitivo Ferreras del Río
León

 

Justicia
Caminaré de tu mano cuando reclames mi presencia pero me encontraras solo cuando me hayas merecido. Junto a tu abogada me buscaras en estrados carentes de mi imagen, en libros desprovistos de toda lógica para mi, en talones que cubren fianzas impagables con dinero ... Y es que se te olvida que voy de tu mano, que solo tienes que abrir los ojos para verme. Soy la nalgada de un padre a su hijo, soy la mancha de mermelada en el vestido nuevo de una modelo egoísta, las esposas que oprimen a un criminal detenido, soy el frió de una anciana que viste abrigo de piel de marmota. ¿Mi nombre?, para algunos es Justicia. Y llegaré con todo el peso de mi esencia, de forma clara e implacable, a tu encuentro, a tus ojos todavía incrédulos, aunque esto solo ocurrirá cuando me hayas merecido.

Reinaldo Perdomo Hernandez
San Agustín de Guadalix (Madrid)

 

Visto para Sentencia
La vi en el estrado, con sus grandes ojos de mermelada clavados en él que le sostenía avergonzado la mirada, ofreciendo darse como una fianza para conseguir una segunda oportunidad . No había palabras ni gestos, todo era aparentemente normal en la sala, pero en el silencio de ambos, un hilo les unía. La abogada no perdonaba al juez que esa noche se hubiera dormido como una marmota.

Ricardo Saiz Gómez
Madrid

 

¡Me tenéis harta!
¡No os escondáis, cobardes! ¡Dad la cara y venid aquí! O sea, que estabais aburriditos, y pensasteis: vamos a crear un concurso en el que, un montón de idiotas, jueguen a creerse escritores. Pero claro, vuestra macabra intención no terminó ahí, ¡qué va! A las típicas putaditas del mes como la regla y la hipoteca, ahora tenemos que añadir el devaneo de los sesos para redactar un relato con palabras absurdas. ¿No os da vergüenza? ¿No sois demasiado mayorcitos para estas gamberradas? ¿Sabéis qué os digo? ¡Que me tenéis harta! Además, he descubierto que sois más matemáticos que Pitágoras: primero disimuláis con palabras serias como soledad o didáctica. Luego le añadís un toquecillo jurídico con abogada, defensa, estrado, fianza y toga. Parecéis inofensivos y más dulces que la mermelada pero, en el fondo, queréis volvernos zoquetes con botijos y chimeneas. ¡Iros ya a dormir como una marmota, leñe!

Rosa Peñasco
Madrid

 

Un mal trago
Se había quedado dormido como una marmota, y al despertarse de la borrachera, no dejaba de pensar en lo que tenía que hacer ese día. Era algo muy importante. Mientras que lo recordaba, desayunó un café con un cacho de pan untado en mermelada. No había terminado de comerse el dulce mendrugo cuando llamaron a la puerta. Era su abogada y en su rostro había una gesto de decepción. Entonces recordó aquello tan importante. -Te traigo tu fianza. Lucas no supo que decir y se quedó mirando ese rostro tan lleno de bondad. La cogió de la mano y se la beso con chulería mientras guardaba el dinero. -Te necesito, preciosa. -Ya no, hoy era tu última oportunidad y no te has presentado en el estrado. -¿Qué hago?. -Te queda media hora,¡huye!. Al salir a la calle, la policía le esperaba. Un trago difícil de digerir; ellas siempre mienten.

Rubén Ranz Martín
Getafe (Madrid)

 

La profesional
Sobre la mesa providencias, autos y sentencias, hasta un recurso sobre el importe de una fianza. Lo dejé todo, era la hora. La tarima del estrado, con menos carcoma que mi corazón, crujió bajo los tacones. Me senté. Miré el expediente y visualicé la escena: mi hijo en pijama, abrazado a su marmota de peluche y con la cara manchada de mermelada. Ojos grandes, claros, sin mácula. Era la personificación de la inocencia. Instantáneamente recordé una promesa: un día elegí voluntariamente ser abogada y estar en el Turno de Oficio. Tuve que hacerlo. Mientras, sostenía la mirada de mi defendido acusado de pederastia. El alegato impecable, la sentencia condenatoria.

Teresa Viventa Arpal García
Caspe (Zaragoza)

 

Aburrimiento
Observaba el juicio con poco interés. Todo lo relativo a la justicia me aburría terriblemente. Sólo me encontraba en la sala por pura obligación. Cuando la abogada empezó a dar razones por las cuales se debía conceder la fianza, yo sólo podía pensar en embadurnarla con mermelada y lamerla de arriba abajo. El fiscal con dientes de marmota estaba en contra y no paraba de argumentar con leyes y jurisprudencia que jamás había oído. Sí, tenía nociones de Derecho, pero sólo estudié la carrera por que no tenía suficiente nota en selectividad para estudiar psicología. Y toda esa jerga de leguleyos siempre me daba dolor de cabeza. Cuando ambos terminaron de hablar todas las miradas se dirigieron a mí. Me encontraba sentado en lo alto del estrado. Ahora me tocaba la difícil tarea de dictar sentencia, y yo no tenía la más remota idea de que iba todo aquel proceso.

Victorio Nombela Antolín
Albacete

 

Lobo Feroz
El lobo, en vez de engañar y recorrer el camino corto para comerse a la abuela y después a la niña optó por el hurto. Hay crisis, tengo prisa y tengo hambre. Engatusó a la niña con promesas y mentiras y, una vez consiguió ver el contenido de la cesta, le robó unas galletas y un bote de mermelada para el desayuno. Asustada, la niña llamó a la madre que tenía una amiga abogada y así, tras un período de busca y captura, lograron enjuiciar al lobo, subirle al estrado, imponerle una multa y una fianza elevadísima. Cómo ha cambiado el cuento, si lo llego a saber me paso el invierno durmiendo como una marmota, me evitaría problemas. Se cuenta que pasados unos meses, unos cerdos enjuiciarion al lobo por allanamiento de morada.

Yago Valverde Alonso

 

La mermelada
El portazo sonó a música celestial ya que venía precedido del anhelado silencio. Los gritos comenzaron a la hora del desayuno: no quedaba mermelada. Primero una queja, después los gritos y esa ira incontenible que descargaba con furia sobre ella. Al menos en está ocasión sólo sufrió un leve empujón, que no le dejó marcas. Se vistió con rapidez pues el juicio comenzaría en una hora. Era la abogada de un importante traficante de pieles: nutria, visón, marmota... su defensa era todo un reto profesional en el despuntar de su carrera. Llegó puntual. La vista comenzó y, en el estrado el hombre que horas antes la agredió, ofrecía ahora un semblante sereno y seguro, propio de quien tiene la gran responsabilidad de administrar justicia. En tono frío e impersonal fijó la astronómica cifra para la fianza. De soslayo la miró, iracundo.

Yolanda Nava Miguélez
Trobajo del Camino (León)

 

Justa Injusticia
El fiscal salió de la sala con una indignación abrumadora. Le parecía increíble que la abogada defensora, relajada como una marmota, hubiera conseguido, una vez más, poner aquel delincuente en libertad bajo fianza. Ese personaje había subido al estrado repetidas veces y siempre salía ileso de la sala de juicio. Le resultaba especialmente sospechoso. Primero había sido el caso de las cabras del que fue absuelto por un juez veterano. Tiempo después fue acusado por allanamiento de morada de aquellas tres cabañas del monte del norte y extorsión a sus habitantes. Y ahora, en un intento de secuestro y asesinato de una niña, lo dejan en libertad porque las pruebas de mermelada en la ropa de la abuela no son suficientes. El fiscal miró desilusionado a su clienta Caperucita y le explicó que seguramente el Lobo había comprado a la Justicia.

Adara Constanti García
Barcelona

 

La letrada durmiente
Debía acudir a una vista a las diez en punto. La abogada seguía dormida como una marmota. Su marido cambió el dodotis del niño, fue a la cocina y preparó café. Luego zarandeó a la letrada durmiente: -¿qué le pongo a tu tostada, mantequilla o mermelada? La mujer bostezó y se dio la vuelta para continuar con sus ronquidos. Desesperado y nervioso, cogió su carpeta, dejó al niño en la guardería y se dirigió a la sede de los Juzgados. Subió al estrado y tuvo tiempo de escuchar las palabras pronunciadas por su Señoría: -se suspende la vista por incomparecencia de la Letrada. -Un momento, un momento –exclamó-, se ha quedado dormida ¿puedo leer yo en su nombre los folios que tenía en la carpeta? La jueza sentenció firme: -se decreta una fianza de dos mil euros a su marido en tanto no comparezca la Letrada…

Adela Ramos Contioso
Sevilla

 

Tareas: comprar café
Luci tuvo la mala suerte de no tener café. Medio dormida, bajó al bar de enfrente. Pidió café y tostadas con mermelada. Conocía al dueño y, habitualmente se encargaba ella misma de servirse en la mesa. En el instante que tardó en coger la taza y darse la vuelta, su mano, y su tostada, chocaron contra lo que pareció ser una peluda manta, que gritaba desesperada: - Miren, miren lo que me ha hecho esta palurda! Mi abrigo de marmota! Me la vas a pagar porque voy a llevarte a los tribunales y a la prensa si hace falta! Soy Abogada! Aturdida, Luci marchó sin pagar. Pronto recibió una llamada. Estaba de guardia. Le tocaba defender a una señora acusada de robar un abrigo de piel de marmota. Cuando se acercó con ella al estrado, todavía olía la confitura. Luci respiró, y se acordó de que tenía que comprar café.

Aina Valls Bolta
Valencia

 

Mañana de domingo
Eran ya las doce. El sol de domingo entraba con fuerza por la ventana. Miré a Teresa, que dormía como una MARMOTA. Roncaba rendida; parecía exhausta ¡Qué duro estar casado con una ABOGADA! Su semana había sido agotadora. La blackberry estaba por fin apagada. Empecé el rito matutino de prepararle el desayuno. Mientras exprimía las naranjas, iba recapitulando, los últimos de Teresa: el juicio en Barcelona con tropiezo en el ESTRADO incluido, la due diligence en aquella fábrica textil, retirada de la FIANZA a aquel estafador de poca monta. El desayuno estaba casi preparado. Sólo me faltaba despertar a Teresa. Pensé que, por fin, la semana había terminado. Mientras abría la MERMELADA, escuché sus pasos. Ella, con su camisón blanco y la cara hinchada, apareció en la cocina. “¡Tengo el desayuno listo! Te iba a despertar ahora, cariño”. Observé –con pavor- que venía con la blackberry en la mano.

Alejandro Juncosa Delgado
Madrid

 

La palabra
- Yo no tengo dinero para pagar esta fianza, no contaba con esto, pero le doy mi palabra de … - Una carcajada de la abogada del propietario me interrumpió. - ¿Su palabra?- repitió, mirando incrédula, primero a mí y después a su cliente y al administrador. Todos me observaban. Sentí como si estuviera en el estrado defendiéndome de un grave delito. Sólo se trataba de un contrato de alquiler. Había conseguido un trabajo en una fábrica de mermelada y al fin veía la posibilidad de dar a mis hijos un hogar. No más pensiones de mala muerte, ni habitaciones realquiladas … Volví al hostal. El bebé dormía como una marmota. El rostro de mi esposa se iluminó cuando le mostré el contrato de alquiler. Sí, el propietario confió en mi palabra, sustituyó la fianza por la confianza.

Alicia Pujol Gardella
Barcelona

 

Anónimo pegajoso
“... Preguntada si tras ponerse la nariz de payaso fue invitada a que depusiera su actitud y, pese a ello, continuó con su alegato sacando un matasuegras, contesta: que es cierto.- Preguntada por el motivo de su comportamiento, contesta: que esa mañana recibió un anónimo “ABOGADA CUANDO INFORMA ABURRE HASTA LAS MARMOTAS”, similar a los anteriores. Que el papel estaba muy pegajoso, manchado como de mermelada. Que tenía sospechas sobre su autoría. Que estas se confirmaron poco después cuando el magistrado, antes de resolver sobre la prisión incomunicada y sin fianza de su cliente, le entregó copia del atestado y este se quedó literalmente pegado entre sus dedos.- Preguntada si descargó palabras malsonantes contra los allí presentes, contesta: que no es cierto, que al abandonar la Sala en compañía de dos agentes, dirigiendo la mirada hacia el estrado se limitó a manifestar: “No fastidie Señoría, ¡el show debe continuar ...!”.-

Amor Lago Menéndez
Valladolid

 

En el juicio
- Pero es cierto o no que Vd. quiso robar el frigorífico, le preguntó su abogado. - Bueno, no exactamente lo que quería era un tarro de mermelada que estaba dentro, pero como no sabía muy bien abrirla....... - ¡Pero hombre! si fuera eso así, no le hubieran puesto a Vd. esa fianza, le espetó el ministerio fiscal que tenía la cara gorda como una marmota. - Pues ya ve. - ¡¡ Bueno ya está bien de tanta charla !! -dijo el juez-; queda Vd. absuelto del robo del frigorífico por falta de pruebas. Queda la sentencia notificada en estrados. ¿quiere decir algo más el acusado? - Si. ¿Entonces me puedo quedar el frigorífico o no?, dijo el acusado.

Antonia María Galán

 

Negociación
La abogada cruzó el estrado y preguntó al Fiscal si había posibilidad de acuerdo. “No creo, ¿puede su cliente pagar la multa? (yo pactaba con tu boca de mermelada)”. Ella dijo que apenas pudo depositar la fianza. “Mal asunto, es reincidente (tus ojos son reincidentes y alevosos, les impondría fianza eterna)”. Ella dijo que era adicto y pidió bajar la petición en un grado. “No, va contra el criterio de la Fiscalía (pero mi criterio es bajar el grado de tu escote)”. Ella dijo que se peritó el abrigo robado y no era de pelo de marmota. “¡Qué me gustaría peritar el pelo de tu…!” El silencio llenó la sala. “¿Qué ha dicho?”. “¿Yo…?”. “Ha dicho -intervino su Señoría- algo sobre peritar el pelo de la letrada”. “No, sólo lo pensé, es decir, tampoco…, yo… ¿el perito dice que no es marmota? ¡No discutamos! ¡Rebajo la calificación en dos grados!”

Antonia María Hidalgo Urbano
Sevilla

 

Poison, madame!
Todos supimos que después de pronunciar esas palabras desde el estrado, así, sin más, impertérrita, sin pestañear y sin quebrar la voz, la viuda del señor Wadford había firmado su sentencia. Imposible argüir enajenación mental transitoria. De nada serviría argumentar que el señor Wadford tenía demasiados enemigos en los ámbitos público y privado. Quedaba, por supuesto, denegada la solicitud de libertad bajo fianza. La abogada Perkins ni siquiera pidió la palabra para defender lo indefendible. Miró al jurado y esperó. El juez dictaminó cuarenta años de cárcel para Elisabeth De Wadford por el asesinato con premeditación de su esposo, el magnate (y mangante) Charles R. Wadford. -"¡Pero si probé antes la mermelada de arándanos con la marmota, y miren cómo está, vivita y coleando!", gritó la acusada acariciando al bicho que sostenía sobre su regazo mientras dos guardias le colocaban las esposas.

Claudia Munaiz Rodríguez
Madrid

 

Pena Capital
Burgos Octubre 1956 Querida niña, aunque parezca extraño, anoche dormí profundamente, como una marmota. Hoy será mi juicio. Y mi condena. La abogada dice que no me preocupe, que saldré en libertad con fianza. Pero yo sé. Sé que soy culpable. Y sé que cuando el juez suba al estrado, mi suerte estará echada. Sólo a ti extrañaré en ese lugar al que mi alma irá cuando abandone este mundo, mientras todos vuelven tranquilos a sus casas, y malcrían a sus hijos. ¿Recuerdas cómo nos divertíamos? ¡Cómo gozábamos viendo, en verano, nuestras bocas manchadas de zumo de mora! Tu placer era el azúcar de la mermelada que ya no haremos más. ¡Cómo gozábamos, en otoño, asando castañas al fuego! Pero tuvo que aparecer él. Y a ti, mi niña, nadie te hace daño. NADIE. Al menos mientras yo tenga un cuchillo y mi mano la fuerza necesaria para usarlo.

Concepción Sánchez Santos
Barcelona

 

¿Señor?, ¿qué señor?
Lo primero que pensó al verlo caído entre tarros de mermelada y latas de atún escabechado fue que un borracho había escogido su tienda de ultramarinos para dormir la mona. Un examen menos superficial del hombre, del elegante traje entallado que vestía y de la hoja de lechuga todavía pegada a la suela del zapato le permitió determinar que aquel señor no dormía como una marmota sino que se hallaba inconsciente o, lo que era peor, muerto tras la caída accidental. Se imaginó subiendo al estrado acusada de negligencia, quién sabe si de homicidio involuntario. Saltaba a la vista que tanto el accidentado como su familia podían permitirse los mejores letrados. Le impondrían una fianza a la que no podría hacer frente. Sopesó llamar a su sobrina, que estudiaba para abogada. Bajó la persiana metálica. Resultaba más práctico afilar el cuchillo jamonero y preparar la máquina Milano de cortar embutido.

David Vivancos Allepuz
Barcelona

 

Señoría III
Apenas le hizo falta echar un vistazo para relacionar los dos casos que tenía delante. Junto a la demanda interpuesta contra él por la Asociación Nacional de Alfareros, un abultado sumario mostraba, medio oculta por una mancha de mermelada, cierta dirección particularmente familiar para el juez. Tras declararse incompetente sobre el primero, se recreó en la inolvidable fragancia que desprendía el segundo expediente excitándose ante la prometedora identidad de la abogada de oficio. Pero cuando la curtida letrada apareció acompañada de su elegante defendida, la losa del estrés le aplastó de lleno. Allí estaba ella, acusada de suplantación de personalidad, profanación de tumbas, coacción y amenazas a la justicia. Ante las evidencias, golpeó firmemente el estrado con el mazo estableciendo una fuerte fianza. Y mientras la mujer del abrigo de marmota abandonaba la sala, su señoría, jugueteando con una bola roja entre los dedos, fantaseó con diosas gemelas.

Eduardo Morena Valdenebro
Madrid

 

Polisemia delictiva
Desde joven se esforzó por enriquecer su vocabulario. El suyo y el de los suyos. Les mostró la importancia de la metonimia, el oxímoro y la sinonimia. Su lema: dos palabras mejor que dos balas. El día 13 abrió el periódico por la página 57. Los suyos le hicieron llegar un mensaje a la cárcel en forma de crucigrama jeroglífico. Se centró en las horizontales 1, 3, 5 y 7. Marcó palabras y escribió sus sinónimos al lado: La "marmota" está hibernando. (Criada) El mayordomo limpió la "mermelada". (Desastre) El "estante" que hay junto al horno está vacío. (Estrado) El caballo galopará tras poner "sus patas a remojo en el estiércol húmedo". (Fianza) Tradujo: “liquidada la criada, la situación había mejorado; sin testigo no hay juicio, y la fianza le permitiría huir del país.” Sonrió. Sus esbirros habían aprendido a utilizar el diccionario. El resto lo haría su abogada.

Eugenio Piñero Almendros
Valencia

 

La Marmota
El mismo amigo que había pagado mi fianza me dio la dirección de aquella letrada. Me dijo que, dulce como la mermelada, era sin embargo una auténtica fiera en el estrado. Lo que yo no entendía era por qué la llamaba la Marmota. ¿Sería muy dormilona? Salí de dudas en cuanto llegué al portal y leí la placa: “Mar Mota. Abogada”.

Fco. Javier Romero Pareja
Melilla

 

La gula
El caso del goloso, lo llamaron. Y no había para tanto. Meses planeando el robo, buscando coartadas, mirando con lupa todos los detalles. Y menudo golpe. Eso no lo puede negar nadie. Todo un muestrario de diamantes de la habitación del hotel del viajante. Y con él dentro, durmiento como una marmota. Pero ahora, ya ves, aquí frente al estrado y mi abogada que me dice que ni sueñe en librarme de ésta. Ni fianza ni nada. Y todo a la porra por lo que me tira el dulce. Que sí, que metí el dedo en la mermelada del desayuno. Tan tentadora en el carrito del desayuno. Y luego, pues también, que me limpié con la servilleta. Ladrón, pero limpio. También tonto, lo sé. Tantos planes y estampo saliva, huellas y casí mi tarjeta. Y ahora pa dentro, sí, por goloso, dicen. y eso es lo que más me molesta.

Francisco Perelló Coderch
Barcelona

 

Dulce juicio
Es que esos niños que se han llevado a la marmota de la Rosarito, son bravos: la colocan en un estrado de tierra bajo el árbol, la enjuician y si no paga la fianza de la mermelada que ellos quieren, la fusilan. Bueno, es un decir: uno se para al costado de un pelotón, los otros apuntan con el índice y a la orden de fuego corren a incrustarle el dedo, haciéndole cosquillas hasta llorar. Pero ninguno de ellos imaginó que su abogada iba a ser su vecina, esa que es capaz de pintarle manchas negras a los perros blancos para vendérselos a Cruela Deville. Esa sí que es la piel de Judas; por eso la absolvieron. Y ahora buscan otra forma de obtener dulces.

Gonzalo Jorge Goicoa de la Serna
Buenos Aires (Argentina)

 

Un juicio diferente
El búho miró muy serio a la ardilla. -Abogada, ¿tiene algo más que añadir? -Sr. Juez, todos sabemos que el sueño de mi defendida es muy profundo. Despertó con un hambre atroz que la llevó a cometer un acto reprobable, cierto, pero robó la mermelada del oso acuciada por la necesidad… Mientras la ardilla hablaba, desde el estrado la marmota intentaba ablandar al juez improvisando su mueca más entrañable. Se hizo entonces el silencio. Todos los animales allí reunidos aguardaban expectantes el veredicto. Finalmente, el búho habló: -De acuerdo, la marmota queda libre, pero deberá entregar como fianza cincuenta frutos recién recogidos, que serán entregados a las familias menos pudientes del bosque-. Hizo una pequeña pausa, para añadir: –Y en cuanto a usted, señor oso, pasaremos por alto esta vez la procedencia de esa suculenta compota, pero le aviso, vigile sus zarpas si no quiere meterse en más problemas.

Gracia Aguilar Bañón
Albacete

 

Robo de Joyas
Nunca soñó Carmen que defender a su amante en el caso del robo perpetrado en una joyería, tendría un final tan inesperado. Deseaba creer en su inocencia, pero cuando lo interrogaba percibía que las verdades que Andrés le confesaba, estaban disfrazadas de mentiras. Habían discutido antes del juicio. Ella le pidió total sinceridad para poder defenderlo. Él la trató de incompetente. Lo vio temblar en el estrado dentro del traje azul, cuando el juez lo declaró culpable y denegó la fianza. Con cierta frustración, la abogada llegó a casa y se desplomó en el sofá. Durmió como una marmota. Se levantó temprano y se dirigió a la cocina. Hacer mermelada la tranquilizaba cuando estaba ansiosa. Buscó, a tientas, la olla en el armario y, al desplazarla, cayó a sus pies. El suelo quedó cubierto de confitura de naranja picoteada por piedras preciosas con destellos multicolores que le hirieron la vista.

Isabel Santervaz
Las Palmas de Gran Canaria

 

Absolución
La única prueba que incriminaba al presunto asesino era una tostada mordisqueada que yacía en el suelo de la cocina. Según el relato del fiscal, el acusado abandonó precipitadamente la escena dejándola caer. La abogada subió al estrado y procedió a la práctica de la prueba: - Ahora verán ustedes como una tostada cae siempre del lado de la mermelada. En eso tiró al suelo varias veces un panecillo untado y todos pudieron comprobar lo cierto de sus palabras. Los murmullos de sorpresa despertaron al juez que hasta entonces dormía como una marmota. - Esto demuestra que la tostada no se cayó. La dejaron a propósito boca arriba para incriminar a mi cliente –dijo la abogada triunfante. Ante semejante prueba el fiscal no tuvo otro remedio que retirar los cargos y el acusado pudo salir de la cárcel. - ¡Y sin fianza! –sentenció el Juez que ya se había espabilado.

José Llixiona Gómez-Ygual
Valencia

 

Mala Deuda
Había dormido como una marmota (es decir, 23 horas seguidas), después de permanecer tres días enteros sin pegar ojo para reunir la fianza impuesta a un hermano suyo, concejal, acusado de corrupción, contra el que se había dictado prisión preventiva. Se puso a desayunar. Se le derramó un poco de mermelada sobre la blusa impecable, señal de que estaba nerviosa. Y con razón. Esa misma mañana empezaría a pagar la deuda contraída hacía dos noches con un narcotraficante, y para ello tendría que subirse al estrado e hilvanar un discurso mentiroso en calidad de abogada de la defensa. Y luego, si se le antojaba o no a aquel delincuente, quizá se viera obligada a encamarse con él. Se había convertido en su esclava. Probablemente, de por vida. Acudió a su despacho. Cogió el abrecartas en forma de daga que tenía encima del escritorio, y lo metió en el bolso bandolera.

José María Izarra Cantero
Burgos

 

Un mal día
- Ginebra con Tónica, por favor- le dije a Lauren restregándome las manos por la cara. - ¿Le ocurre algo abogada?, La veo muy decaída - No quiero aburrirte con mis problemas, querido amigo - ¡No, cuénteme!, ¡El bar está muerto ahora mismo! - Está bien, imagínate. Exponía mi alegato final con un derroche y desparpajo como jamás lo había hecho en el estrado. Me sentía fuerte, con las energías renovadas que da una buena tostada de mermelada de espárragos de Casa Rufino. Tenía al jurado popular comiendo de mi mano, de tal forma que si les hubiera propuesto cambiar el emblema del Atlético de Madrid por una marmota en chanclas todos hubieran votado a favor. Fue increíble Lauren, increíble. - ¿Entonces qué ocurrió? - Me dejé las gafas en casa y me equivoqué de sala. Conseguí exculpar a un atracador y encerrar sin fianza a la víctima por dejarse atracar.

José Martín Delgado
Granada

 

Sonrisa Balsámica
Amanecí casi dormido, miembro de pleno derecho de la asociación de “marmotas unidas”. Me preparé un café bien cargado acompañado de mermelada de arándanos. Mientras lo removía, constataba que mi separación matrimonial era un misil contra mi vida afectiva y económica. Acababa de pagar el alquiler y dos meses de fianza por un inhóspito apartamento de urgencia, que se me caía a plomo. Mi único alivio era la custodia compartida de Alejandro y María. En el juicio, mi abogada me miró compasiva al subir al estrado. Al terminar nos dirigimos al Pub de enfrente para comentar algunas incidencias. Mi compañera y amiga letrada, ya relajada, con la toga recogida entre su pecho y su mano izquierda, precisamente la izquierda, me dijo:-Te conozco desde hace tiempo y sé que has sido generoso en lo esencial. Su sonrisa se trenzó a la mía.

Juan Antonio Pérez Morala
Madrid

 

Triunfador
Era un salón luminoso, lleno de bellas personas, todas mirándome, a mí, cordiales y agradecidas. Todos parecían felices en mi compañía. Subí al estrado entre los elevados personajes allí reunidos. Hablé como Obama, con épica. Clientas satisfechas con mi defensa, muy atractivas ellas, me otorgaban guiños sugerentes. Relamiéndome por el triunfo, anticipaba un lujoso porvenir y grata compañía. Incluso la abogada más famosa, mi competidora, me asentía con una sonrisa amable. De pronto, ¡horror!, por entre la divertida gente, avanzó hacia mí una anciana malhumorada, como si le debiera la fianza, desaliñada, rulos en el pelo, bata, pantuflas rotas por el dedo gordo, taza de café en una mano y tostadas con mermelada en la otra. Con un horrendo alarido me espetó: ¡arriba marmota! ¡Tu audiencia comenzaba a las nueve y son las once de la mañana! ¡Así no se ganan los juicios!...Otro despertar traumático con mamá.

Juan Domingo Delgado García
Dos Hermanas (Sevilla)

 

Confusión
Entré en la cocina y conecté el televisor. Estaban emitiendo un documental sobre la vida de la marmota. Saqué las naranjas de la nevera dispuesta a preparar la mermelada que a mi hija tanto le gusta. Me sentía con fuerzas y un poco más animada. Mi ojo izquierdo había recuperado bastante visión y ya podía moverme un poco por la casa sin tener que utilizar las muletas. El teléfono sonó y escuché la voz de mi abogada. Me llamaba para comunicarme que mi atracador saldría de la cárcel bajo fianza. Dejaban libre a una persona que había estado a punto de matarme a golpes porque me había confundido con la ministra. Decidí que haría todo lo posible por subir al estrado y contar toda la crueldad que ese hombre había descargado sobre mi. Aunque no sé por qué tuve el presentimiento de que no iba a tener oportunidad de hacerlo.

Manuela Maciá
Elche (Alicante)

 

Menú Judicial
Restaurante La Marmota, c/ Juzgados, 1ª instancia, principal, Ciudad de la Justicia. Nuestro menú degustación: Entrante: Cóctel de encargo de abogada y poder al procurador, aderezado con espuma de mermelada sabor a estrategia procesal. Primer plato: Milhojas de demanda y medidas cautelares con reducción de vinagreta de tutela judicial. Segundo plato: Solomillo de contestación a la demanda, en su punto, y ensalada de interrogatorio sobre el estrado con crujiente de documental. Postre: Helado de valoración de pruebas al aroma de paciencia sobre galleta de Sentencia y sirope de condena en costas. Bebidas: Vino rioja de fianza, agua, café y licores. Precio: Consultar la Propuesta de honorarios Nota: Este menú no es firme, contra el mismo cabe interponer recurso, eligiendo cualquier otro plato de nuestra carta, del que conocerá el chef de la casa.

María Beuster Pérez
Molins de Rei (Barcelona)

 

De mayor
-Vamos Lucía despierta, no te hagas la remolona que pareces una marmota durmiendo. Y unos ojitos asomaron entre unas pelirrojas pestañas. La casa olía a café y tostadas, y aunque Lucía tomaba leche para desayunar, ese olor a cafeína la empujaba hasta la cocina todas las mañanas. -Date prisa, que vas a llegar tarde al cole. -No me gusta ese sitio mamá. -Pero cariño, tienes que aprender para poder ser lo que quieras de mayor, qué te gustaría ser? -Abogada. Dijo con una claridad de dicción y mente insólitas a su edad. Y su madre se la imaginó encima de un estrado, con su toga y rodeada de códigos. Mientras Lucía se relamía la mermelada esparcida por su boca. Y allí estaba ahora, pagando la fianza de su hija en una sucia comisaría. Lucía salía tímidamente de un cuartucho, sin rastro de esa sonrisa de mermelada que su madre un día vió.

Marta Isabel Sánchez García
Madrid

 

Durmiendo
La testigo yacía en el estrado roncando como una marmota. No había nada que hacer, era narcoléptica. El juez se mostraba indeciso: esperaba a que se despertase, la retiraban hasta que volviera en sí o la agitaban un poco a ver si… La abogada defensora paseaba inquieta arriba y abajo, los zapatos nuevos la estaban matando, tenía que darlos de sí para la boda del sábado. El acusado, sentado en una silla de madera, se sujetaba la tripa con ambas manos, las tostadas con mermelada no le habían sentado bien. El fiscal, simulando que calculaba el monto de la fianza, hacía números para ver si podía comprarse aquel chalé tan bonito. La testigo abrió un ojo y miró a su alrededor sin que nadie se percatase: vio al juez, a la abogada, al acusado, al fiscal, cada uno en sus cosas. Y decidió que lo mejor era seguir durmiendo.

Miguel Ángel Arques Antón

 

La cruda realidad
Dediqué mi vida a los juzgados: la abogada S.Martínez, mi nombre retumbaba en todos los pasillos del palacio de justicia. He sido influyente, he retado verbalmente a los valores morales de la historia. Siempre me he salido con la mía, no he tenido reparos para vivir en la abundancia y la mentira. Hasta que topé con ese juez en el estrado. Derrumbó mi vida, descubrió que envenené al hombre marmota para ocultar las pruebas del caso porque, tonta de mí, dejé las huellas en el tarro de mermelada con cianuro. Treinta años de cárcel, sin derecho a pagar una fianza. El animal lo merecía, y la cárcel es una gran maestra de la vida.

Silvia Pellejero Oliva
Arnedo (La Rioja)

 

Confesión
-Ave María Purísima. -Sin pecado concebida. -Confieso, Padre, que he pecado. -Dime, hija mía. -Soy abogada. -Tranquila hija, eso no es pecado. -Ya, Padre, pero he cometido lujuria (he tenido pensamientos impuros con clientes), gula (me he atiborrado de mermelada en los desayunos y emborrachado con vino en las comidas), avaricia (he cobrado en ocasiones excesivas minutas), pereza (me encanta dormir cual marmota), ira (cada vez que pierdo un caso), envidia (respecto de mi adversario cuando gana) y soberbia (machacando al oponente en el estrado con objeto no sólo de vencer sino de aplastar) -Bien hija: contra la lujuria, castidad; contra la gula, templanza; contra la avaricia, largueza; contra la pereza, diligencia; contra la ira, paciencia; contra la envidia, caridad y contra la soberbia, humildad. -¿Cuál es la fianza? -Querrás decir tu penitencia… -¡Pero si no hay riesgo de fuga Padre! -10 avemarías y 10 padrenuestros. Puedes ir con Dios.

Sofía García-Ollauri Antolín
Madrid

 

Desayuno y fuga
La azafata pasó ágil recogiendo las bandejas de un tosco desayuno después de siete horas de incómodo vuelo. La pasajera que tenía en el asiento contiguo, ya dormida y con la boca aún rebozando mermelada, cayó con su cabeza sobre mi hombro y el olor nauseabundo que me asaltó consiguió que una arcada recorriera mi cuerpo. Miré al suelo y vi que de su bolso sobresalía una revista jurídica. Bruscamente cambié mi mirada por una de odio a la marmota desdeñada que rozaba mi brazo; en ella vi a mi abogada, la que quería que mañana subiera al estrado, la arpía por la que perdí mi fianza, la culpable de que estuviera en aquel avión.

Aida María Rodríguez Rosa
Candelaria (Santa Cruz de Tenerife)

 

Por fin libre
Cuando bajó del estrado, fue consciente de que decía adiós a una etapa de su vida. No sentía tristeza: habían sido muchos años y no todos felices. Adiós al estrés, a salir siempre con prisa de su casa, a las comidas rápidas e indigestas. Lo primero que iba a hacer era pasar por la tienda nueva de la esquina donde vendían una deliciosa mermelada inglesa de limón: para sus desayunos tranquilos a partir de mañana. No se pudo despedir del portero porque, como todos los días, dormitaba como una marmota envejecida. Salió de los juzgados y paseó con indolencia bajo el sol de la tarde. En la acera de enfrente, un hombre la observaba desde el coche. Acababa de salir de la cárcel después de pagar una elevada fianza. Miró con odio a la abogada y al cabo de unos segundos, puso en marcha el coche…

Ana Sagasti Gil
Oviedo (Asturias)

 

La Fianza
Untaba la tostada de mermelada de fresa. Lo hacía de forma mecánica. Había dormido como una marmota; la pesadilla recurrente, esa noche, sólo había aparecido a primera hora. Tomó un sorbo de café en un intento de conjurar las telarañas del sueño. A continuación cogió otra rebanada, como siempre, la untó de aceite. Miró la silla de enfrente, estaba vacía. A pesar de todo había costumbres que nunca podría olvidar. Un escalofrío la recorrió cuando escuchó el ruido del teléfono. Se sonrío, ya no debía temer nada. Era Marta, su abogada. Una sola palabra penetró en su pensamiento como un disparo de muerte; fianza. Temblando, se escurrió por la pared hasta quedar sentada en el suelo. El auricular del teléfono yacía a su lado, emitía palabras entrecortadas. Las lágrimas rodaban por su mejilla al tiempo que se maldecía por haber subido al estrado.

Ángela Martínez Duce
Oviedo

 

La Lista
Aquella abogada laboralista dormía como una marmota en el calabozo, hasta que el rechinar de las llaves contra los barrotes le despertó. Una bandeja se deslizó debajo de la celda con un café aguado, frío y amargo, en un vaso de plástico, junto con unas galletas y una diminuta tarrina de mermelada. Confiaba en que alguien de su despacho hubiese depositado la fianza para salir esa mañana o que aquel juez sustituto, tan serio subido en su estrado, hubiese atendido el recurso de revisión. Al rato, dos policías la esposaron y la condujeron al cuarto de interrogatorios. Solicitó hacer una llamada y se rieron y la abofetearon. El comisario le cedió un cuaderno y un lápiz para que rellenara una lista con sus colaboradores. Ella se negó. Al instante, el sargento le ofreció un pitillo y el periódico de esa mañana. Con lágrimas leyó: “el golpe militar ha triunfado”.

Antonio Anasagasti Valderrama
Cádiz

 

Una cliente sospechosa
Llegó a primera hora de la mañana con dos bolsas de supermercado entre manos. Sus gestos eran reposados, casi fantasmales. Quiero una abogada. Nada de hombres, sentenció. Le ofrecí que tomara asiento pero se mantuvo de pie. Encendió un cigarro y me dijo, tranquilamente, que había matado a su marido. No me mire así, sonrió, era una lacra, peor que una marmota. No me lo agradezca. Sólo quiero que suba al estrado y me defienda. Nada más. Las cosas no son tan sencillas, le dije. ¿Usted cree?. Aquí está mi fianza. Y posó una de las bolsas de supermercado sobre la mesa. Y aquí sus honorarios. ¿Acepta el caso? El olor dulce del dinero, como la mermerlada de melocotón, mi preferida, me sonsacó un “sí” precipitado. Así me gusta, sonrió de nuevo. Ah, debe saber otra cosa… También maté a mi anterior abogado.

Carles Monsó Varona
Barcelona

 

Rasgo hereditario
Sabía que lo único que le haría ganar el caso era una reacción, la de chuparse la cría el labio, pero, ¿cómo?. La abogada, bajándose del estrado, dijo: observen a la niña… Todos miraron a la pequeña con su lengua roja acariciando el labio inferior y fue entonces cuando el jurado se olvidó de que la madre hubiera dormido con docenas de hombres. Juan, alias “el marmota”, hombre de posición y medios, renegaba de su propia hija. El jurado al volver con la deliberación y conocer el veredicto, haría recibir a la madre la fianza más grande jamás entregada. Fue entonces, cuando la abogada camino de vuelta a su despacho, orgullosa de su agudeza e ingenio, se deshizo del chupete untado en mermelada de melocotón.

Carmen Romero Tenorio
Guadix (Granada)

 

En defensa propia
El abogado sube al estrado. El estrado es el lugar perfecto para él. Él fija una fianza. La fianza deja libre a la mujer que mató a su marido en defensa propia. La propia esposa del abogado está sentada en primer fila. La fila de mujeres que aplauden con ganas. Sin ganas, vuelven los dos a casa. En casa, ella atiende a la marmota. La marmota pide mermelada. La mermelada mancha el traje caro. Caro lo paga la abogada, demasiado. Demasiados golpes en el estómago. El estómago de la abogada se revuelve, mientras está doblada en dos en el piso, recibiendo las patadas y piensa: disfrútalo mientras puedas, cerdo... algún día, yo también encontraré un buen abogado que me deje libre.

Claudia Morales
Buenos Aires (Argentina)

 

Carne de cañón
- Abogada, él me ama! – Gisela, es imposible. La sentencia es firme… ¿se ha olvidado usted de la paliza? Se echó a llorar. Pelo alborotado, jersey barato con un dibujo, tal vez una marmota. En el puño una mancha de algo que parecía mermelada. Uñas rotas. Manos de fregona. – Fue un arrebato! Está arrepentido… Y pagando una fianza? Yo no sé para qué me mato en el estrado. Los hechos probados describían detalladamente las patadas, los golpes… La despedí cansada y aburrida. - Son como animales -pensé dirigiéndome al lavabo. – Carne de cañón, siempre lo mismo. Me arreglé la melena. Merece la pena el dineral que pago en esa peluquería. Un retoque de maquillaje. Ya casi ni se nota el moratón. Hoy Jorge tiene golf. Esperemos que no se líe a darle al güisqui al terminar. Es un encanto pero… a veces se pone tan violento…

Cristina Fernández Calvo
Barcelona

 

Plofff, la mancha
Amanece, una vez más, el “día de la marmota”. Tanto estudiar leyes y defender la Justicia del lado de la fiscalía para que, nuevamente, se suba al estrado el típico acusado de homicidio a punto de quedar en libertad con fianza por falta de pruebas concluyentes. Pero he aquí, se enciende la lucecita. Me fijo que la camisa del inculpado, pese a parecer limpia y almidonada a primera vista, presenta sin embargo una mancha clarificadora en el puño, de aspecto similar, aunque atenuada por los lavados, a la encontrada en el lugar del crimen. Solicito a su señoría la incluya como prueba tras el correspondiente análisis. ¡Tantos capítulos viendo a Grissom tenían que servir para algo! Finalmente el informe del forense confirma mis presagios: inequívoca mermelada de fresa “Hero Baby”. Contrariada la abogada de la defensa, doce años de prisión bien valen un recurso a “detergentes eficaces contra 101 manchas”.

Cristina Pumar del Peral
A Coruña

 

La marmota impaciente
Llegó a casa con un hambre canina tras una agotadora mañana en la que había conseguido que su cliente quedara en libertad. Se relamía cada vez que recordaba la frustrada expresión del fiscal, que no fue capaz de lograr siquiera un valor elevado para la fianza. Era la reina del estrado. Aún así, sus compañeros se habían acordado de que hoy era su cumpleaños. Desenvolvió la tarta que habían preparado presa de una gran excitación. Se sentía tan generosa que le dio un trozo a su perezosa marmota, que se despabiló al sentir el olor de la mermelada. Al probarla, pensó que era lo más delicioso del mundo. Después de todo, quizá sí era apreciada por sus compañeros. O quizá no. Al notar el sabor amargo en su garganta, la abogada se giró alarmada hacia la jaula donde la marmota yacía muerta sin que hubiera ningún rastro de la tarta.

Elena López Silva

 

Pobre niño
Despierta, Manolo, que ha llamado la abogada del niño. Ha dicho que si vas a tardar mucho en llevar la fianza. Anda, hombre, que te he preparado el desayuno, café y tostadas con mantequilla y mermelada. Mira, viene una noticia en el periódico sobre ella, parece que es una fiera y que se crece en el estrado. A ver si vamos a haber metido la pata con llamarla, porque la verdad es que se está muy a gusto sin el niño. No me extraña que te hayas quedado dormido como una marmota. Total, porque esté unas horitas más en la comisaría no le va a pasar nada. Hazme sitio, que me están entrando ganas de dormir otro rato a mí también. El café, que se enfríe, luego hago más.

Estrella Molina Gete
Madrid

 

La espera
Mientras lo dejaban salir hacia los juzgados, sonaba el despertador de su abogada. Ella le rogó cinco minutos más, y la atrapó el sueño mullido y profundo de una marmota en invierno. Él miró a través del cristal del coche policial a la gente recién vestida, recién peinada, caminando apresurada a sus trabajos, y creyó que pronto él podría ser una de esas personas con dirección, si su abogada conseguía la libertad bajo fianza que tan amablemente le había jurado que iba conseguir. Estaba dispuesto a redimirse, y eso pensaba mientras en la sala esperaban a la abogada, que llegó justo antes de que el juez diera por finalizada la vista, con la cara encendida, la falda torcida, desprendiendo un leve y casi visible vapor, y tropezó con el escalón del estrado, mientras el juez miraba con estupor aquella boca que le gritaba perdón con grumos verdes de mermelada alrededor.

Eva Vidal Alvarez
Madrid

 

Un pequeño juicio
Juan, mi hijo pequeño, haría las veces de traductor. Afirmaba entender a la marmota, y su ayuda sería inestimable en caso de llamarla al estrado. Mi mujer sería la jueza. Tenía un aspecto temible con la cuchara de madera a modo de martillo, y la bata abrochada a la cintura. Yo, afamado Fiscal del Estado, sería esta vez un fiscal casero. La idea, y el reparto de papeles fueron de mi hija Laura. Se reservó el papel de abogada defensora, una Ally MacBeal pecosa de 8 añitos. Comenzado el juicio hice un alegato conciso y enérgico. Las pruebas eran claras, unos botes de mermelada rotos llenos de pelos de marmota, pero sería clemente, una fianza y listo. Me gire y sonreí a Laura. Ella, solemne, dijo, ¡el fiscal y la jueza están liados, mi cliente no tiene un juicio justo!. Me sonrió. Lo había planeado desde el principio.

Francisco Javier Rubio Lerga
Tudela (Navarra)

 

El sigiloso compinche
Aún en libertad bajo fianza, al ladronzuelo se le imputaron nuevos robos. Durante el juicio, el fiscal afirmó que aquel precavido granuja no había perpetrado en persona sus más recientes latrocinios, sino mediante una marmota adiestrada que robaba sigilosamente para él. Diversas víctimas subieron al estrado para confirmarlo. Por fortuna, el ladronzuelo tenía una excelente abogada, quien convenció al juez de que su cliente no era responsable del comportamiento delictivo de la marmota. Como prueba, hizo testificar a un insigne zoólogo. “Una marmota no obedece en ningún caso órdenes humanas” –dictaminó el especialista señalando al peludo animal, que dormía plácidamente en brazos del ladronzuelo. Descartada la hipótesis del adiestramiento, el acusado quedó libre. Días después, el ladronzuelo hizo llegar a la abogada un pequeño obsequio en señal de gratitud: mermelada de arándanos. Tras entregarle el bote con sigilo, la marmota abandonó el despacho por la ventana.

Javier Puche
Madrid

 

La duda
-“Don Arturo”, musitó el bedel, sacudiendo suavemente el hombro del juez. Aquella mañana se había estado celebrando la vista oral del juicio contra una mujer, ingresada en su día en prisión sin fianza. Se la acusaba de haber matado a su marido lanzándole a la cabeza, por la espalda, un tarro enorme lleno de mermelada de frambuesas. El fiscal había solicitado una condena por asesinato en primer grado. Mientras la abogada defendía la libre absolución, todos se percataron de que la cabeza del magistrado descansaba, ladeada, sobre la mesa. Bien pudiera ser que, sencillamente, el anciano se hubiese quedado dormido como una marmota, pues no sería la primera vez que ello le ocurría. Pero algunos, temiéndose lo peor, resolvieron llamar al bedel, para despejar la duda. Éste acudió de inmediato y, de un salto, subió al estrado. Acto seguido, posó su mano sobre el hombro de Don Arturo.

Joaquín Valls Arnau
Barcelona

 

Niño Prodigio
Tales son los avances de la educación, el desarrollo intelectual de las nuevas generaciones, y la herencia que trasmitimos en los genes, que en ocasiones temo cuando mi hijo, de apenas ocho años, me aborda con una duda. Anoche le observaba mientras resolvía los deberes escolares. Su maestra de literatura le indicó el análisis de un cuento infantil. De repente, como bólido, al tiempo que se subía a una silla que utilizó de improvisado estrado, me espetó: -Papá, en caso que Caperucita sea abogada como tú, si descubre que el lobo comió la mermelada que había llevado a su abuelita, y le atrapa tratando de devorar a la anciana, ¿crees que sería justa si le impone una fianza hasta que se celebre el juicio, o mejor, por los delitos comprobados, le aplica de facto la condena a vivir el resto de sus días postrado en una cama como una marmota?

Juan Carlos Moro Hernández
La Habana (Cuba)

 

Pelos y señales
Se lo conté todo a Pilar, con pelos y señales, de abogada a abogada. Tenía que contárselo a alguien. Lo que le hice, lo que me hizo. Cómo caí después dormida como una marmota, su cuerpo desnudo al despertar, sus tatuajes, aquella melena rebelde. Dios mío, Pilar, esa no era yo, cómo pudo ocurrir. Ella me sonrió. Yolanda, cariño, debes enfocarlo de una manera profesional. Piensa que esa habitación fue un juzgado, y esa cama un estrado donde tú eras la acusada. Tus móviles fueron el aburrimiento y la rutina, tu fidelidad a Carlos fue la víctima. ¿Se ha enterado él? ¿No? Entonces has salido libre, alégrate, pero te han impuesto este remordimiento como fianza. Entonces recordé un detalle, algo que no encajaba: ¿Y lo de la mermelada? Pilar cerró los ojos, repasando mentalmente los detalles mi historia, y suspiró. Ah, la mermelada, Yolanda, sólo pudo ser un atenuante.

Manuel Pablo Pindado Puerta
Leganés (Madrid)

 

Selección natural
-Insulta la inteligencia de este tribunal si espera que crea que la noche de autos estaba usted en su madriguera... No me dejé intimidar.De sobra conocía las agresivas tácticas de la abogada,un águila real acostumbrada a zamparse a los testigos. Literalmente. Mi clienta, una pobre marmota, estaba temblando en el estrado. Juraba y perjuraba que no había robado la mermelada, pero tres días en prisión preventiva le estaban pasando factura. No había podido salir bajo fianza y las cosas pintaban bastante mal. -El turno de la defensa, Sr. Ardilla.-dijo el juez. Mi rival se retiró con el triunfo brillando en sus ojos de rapaz, pero me quedaba un as en la manga. -Señoría, mi clienta no pudo ser la autora del robo. Estamos a 30 de Noviembre y las marmotas, como todo el mundo sabe, hibernan. Caso cerrado.

Mar Soler Esplugues
Castellón de la Plana

 

Mermelada La Marmota
“Mermelada La Marmota, no quedará ni gota“ rezaba la etiqueta del bote de confitura que el fiscal presentó como prueba número 1. El acusado había golpeado a la víctima con aquel frasco; se trataba del arma del crimen. Y también del móvil que había llevado a cometerlo. La abogada subió al estrado y defendió la inocencia de su cliente: “No se le puede castigar con la cárcel. Merece libertad sin fianza. Cualquiera hubiera matado por untarse una última rebanada con mermelada La Marmota”. Ganó el caso, el juez consideró la ansiedad por los últimos restos de mermelada como eximente y absolvió al acusado. Con aquella polémica sentencia había sentado jurisprudencia. Nada más llegar a casa, el magistrado sacó el frasco de mermelada La Marmota de la nevera y lo vació hasta que quedaron unas gotas. Después, preparó tostadas. Cuando su señora llegó, la estaba esperando con el bote en alto.

Marisol Artica Zurano
Castellón

 

El ponente
Le llamaban “marmota” y el mote le venía al pelo. Aquella abogada debía ser nueva, porque no lo sabía, y no paraba de insistir una y otra vez, alzando la voz cada dos por tres para llamar la atención del ponente, que se sobresaltaba sacado de su sopor. Pero no había nada que hacer. Ni los esfuerzos de la colega, ni la cara de bueno del acusado al borde del estrado sirvieron para nada. No hubo fianza. Tan desolada quedó la compañera que me vi obligado a tratar de consolarla a la salida y el consuelo llevó a un paseo y el paseo a una cafetería y la cafetería a una cita para más tarde y la cita… bueno la cita es cosa mía. Solo les diré, para saciar su curiosidad, que cuando la dejé, todavía sabía a mermelada. No resultó tan malo el ponente.

Miguel Angel Aragüés Estragués
Zaragoza

 

Muerte dulce
Mientras contemplo mi cadáver, todavía resuenan en mi cabeza sus palabras. “Tranquilo, cariño, tendrás una muerte dulce”, me susurró al oído cuando volvía del estrado. Alta, esbelta y elegante, su pequeña barbilla, sus grandes pómulos y su prominente nariz conferían, sin embargo, a su rostro aspecto de marmota. Aunque de animalillo inofensivo tuviera poco. Escuchó impertérrita como me imponían una fianza de dos millones y luego, cuando el juez le preguntó: “¿Tiene algo que añadir, abogada?”, anunció tranquilamente que “la empresa” la pagaría en el acto. ¡La empresa! Bonito eufemismo. Claro, decir que mis colegas de la “empresa” me querían libre para llevarme al bosque, desnudarme y luego embadurnarme de mermelada para que me comieran las alimañas habría sido poco sutil. Ahora, viendo mi cuerpo medio devorado, pienso que lo que hice debió encolerizar mucho a alguien para que me hayan dado una muerte “dulce”.

Roberto López Vargas
Leganés (Madrid)

 

Justicia a destiempo
En la esquina de la celda yacía el hombre, inerte, frío, junto al pedazo de pan con mermelada que le trajeron para el desayuno. Nunca tuvo paciencia. Deseaba hacer todo con firmeza y celeridad, como aquella vez que apretó el gatillo y mató a su mujer. Luego, comprendió que hizo mal. Por un tiempo sólo anhelaba sentir todo el peso de la justicia, pero ella comenzó a tardar mucho. Mientras, la soledad lo convertía, poco a poco, en una marmota solitaria, casi inexistente. Su abogada se enmarañó en el caos del proceso. Argumentaba posibles fianzas, inventando esperanzas de libertad. Sin embargo, él no quería subir al estrado ni soportar miradas de desprecio. “Cada cosa a su tiempo”, decía. Hasta que hoy, repentinamente, la avidez de justicia revivió en su interior, y otra vez fue firme, tan firme y contundente como su embestida frontal contra los barrotes de la celda.

Orlando Gabriel Cáceres Ramírez
Luque (Paraguay)

 

Arte
Después de asesinar a su compañero de piso, se entretuvo en decorar su cuerpo con una mezcla de sangre, pintura y mermelada. Cuando lo detuvieron, todavía guardaba calientes en su bolsillo el puñal y un pincel de pelo de marmota. -Cuando subas al estrado –le decía su abogada- tienes que declarar que tu memoria es confusa, que apenas recuerdas nada. Alegaremos locura transitoria, y con un poco de suerte saldrás bajo fianza. -Nada de locura –repetía él con insistencia- lo mío fue un tributo al arte.

Paula Milagros Martínez Ruiz